miércoles, 28 de enero de 2015

Premios de la Fundación Cuatro Gatos



Quedé como finalista de los Premios de la Fundación Cuatro Gatos por mi novela “Oki, tripulante de terremotos”. Cada año la fundación premia a lo mejor de la literatura infantil en Ibero América por lo que para mí es muy emocionante estar incluido en esa lista.
            Las historias son pequeños milagros que a veces se logran y a veces no. Como esas tortuguitas que trastabillando intentan llegar al mar. Ya lo dice un torpe autor: “Invéntate una carta astral, un falso horóscopo y no descanses hasta cumplirlo al pie de la letra”.
            Si Oki pudo convertirse en libro y tiene forma y color y 221 páginas y una hermosa portada con bicicleta roja se debe al trabajo de mi querida editora Hinde Pomerianec.  
            Gracias a todos (en especial a ese loco niño japonés que me obligó a contar su historia).

 http://bit.ly/1Eq8nKR



martes, 27 de enero de 2015

Una respuesta para Galder Reguera



Hola, Galder:

Tu texto sobre Ser escritor lleva dándome vueltas en la cabeza desde hace días. Incluso compartí tu experiencia con los chicos de un taller en el que participé la semana pasada.
            Concluimos, más o menos, que un escritor es quien escribe –con todo lo abierta que puede quedar la definición-.
            En tu caso fue tu hijo quien te nombró escritor, en el mío fue mi madre, hace años, cuando yo no había publicado nada y casi todo eran dudas (aún sigo teniéndolas pero disfrazadas de musas extraviadas).
            Creo que eres escritor porque tus palabras provocaron que te imaginara, precisamente, escribiendo; que pudiera verte robándole horas al sueño y a la familia. Y si pude imaginarlo fue porque, como ya lo dijo Oihan, eres un escritor.
            Junto con un buen amigo –con el que comparto las desventuras que nos provoca semana a semana un Almería que juega a 3000 metros sobre el nivel del mar- hemos acuñado una idea para el concepto de futbolista. No todos los jugadores profesionales son futbolistas y existen futbolistas calvos y gordos y de 45 años. Cristiano Ronaldo, por ejemplo, no es futbolista, como tampoco lo son ni Fábregas ni Carlos Vela. Todos los vascos y los uruguayos son futbolistas y también lo son Puyol y Fernando Soriano.
            El futbolista ama el juego y estaría dispuesto a ir a la guerra por salvar al balompié (sinceramente no veo a Cristiano entre los lodos de una trinchera). Supongo que el escritor es aquel que prende una lamparita a altas horas de la noche y después de arropar a su hijo emprende una segunda novela sin haber publicado la primera.

martes, 24 de junio de 2014

DOS DE JULIO DE 2010

Aún no estamos a dos de julio, pero el triunfo de Uruguay me impulsó a compartir con ustedes este texto. Pertenece a "El futbol está en otra parte", un ensayo que escribí para desentrañar lo que para mí significa en futbol.

DOS DE JULIO DE 2010

También desde hace años tengo la idea de escribir un ensayo acerca de lo qué significa irle –como se dice en México- a un equipo de futbol. No creo que sea una idea tan descabellada como la de la novela imposible que pretende contar la prohibición del balompié. Más bien me parece un ejercicio complicado, casi de psicoanálisis, porque siempre que pienso en la estructura de aquel ensayo aparece en el fondo la figura de mi padre.
No descarto, por otro lado, que todas estas anotaciones formen ya parte de ese ensayo. No descarto que mi vida completa, el viaje a Almería, los goles con los que sueño sean en realidad páginas de un ensayo que buscan desentrañar lo que en el fondo significa irle a un equipo de futbol.
Tal vez viajé a Almería a encontrar a mi padre, un tal Carlos Quezadas, fallecido un año antes en la Ciudad de México. Habría sido una gran respuesta para todos aquellos que me preguntaban qué coño iba yo a hacer en Almería:
-Voy a buscar a mi padre.
Seguro a él le habría divertido mucho transfigurarse en almeriense. A fin de cuentas le encantaba usurpar nacionalidades. Sin ir más lejos fue el más uruguayo de los uruguayos cuatro meses exactos antes de su muerte. El dos de julio de 2010, el día de su cumpleaños, se enfrentaron Ghana contra Uruguay en los cuartos de final de la Copa del Mundo de Sudáfrica. Lo invité a comer a La Coyoacana para ver el partido. Había muchos charrúas en el sitio pero ninguno como mi padre.
Fue un partido que se recordará por años. Un claro ejemplo de porqué el Mundial es tan maravilloso y existimos los locos que catalogamos la calidad de un año de acuerdo a la cercanía del evento. Se jugaba el último segundo del tiempo extra. Ghana mandó un centro que se paseó por el área uruguaya sin decidirse a entrar en la portería. Varias veces el balón estuvo a punto de entrar, pero un milagro evitaba la desgracia hasta que un decidido cabezazo de Dominic Adiyiah tomó dirección de gol. Y entonces apareció la figura de Luis Suárez quien metió una mano que evitó la anotación.
Y entonces surgió el problema de ética futbolística más importante de la historia. Nunca antes se había presentando una jugada de esas características en una instancia tan importante.
¿Luis Suárez hizo lo correcto?
¿Ghana fue víctima de ese reglamento bárbaro del que ya hemos hablado?
¿Aquel dos de julio quedó marcado como una fecha vil para el futbol?
Mi respuesta para el primer cuestionamiento es que efectivamente el delantero uruguayo hizo lo correcto. Cometió una falta, es cierto, pero fue juzgado por ella y recibió el castigo que marca el reglamento. A final de cuentas Asamoah Gyan tuvo en sus piernas la posibilidad de anotar un penalti que de haberse transformado en gol no nos tendría, años después, discutiendo la jugada. Sin embargo el balón dio en el travesaño, el árbitro decretó en ese instante el fin de los tiempos suplementarios y aquel partido se decidió en serie de penales. Una Ghana con la moral por los suelos no tuvo los arrestos para afrontar los disparos desde los once pasos y Uruguay calificó a las semifinales de la Copa del Mundo.
Sí, es cierto, los africanos fueron perjudicados por un reglamento cruel que a veces parece redactado por una turba de trogloditas. Pero qué hacer entonces. ¿Tirar penales hasta que la víctima del infortunio logré la anotación que le fue robada? ¿Decretar como gol un balón que jamás rebasó la línea de meta? Me parece que ese coqueteo con la barbarie fomentado por el reglamento es el que hace que el futbol sea algo más que un deporte.
Y no, definitivamente no creo que aquel dos de julio haya quedado marcado como una fecha negra. Me parece que miles, incluso millones de niños que presenciaron el partido quedaron enganchados para siempre al futbol. Experimentaron, supongo, lo que yo sentí en otro julio lejano cuando Harald Schumacher, portero alemán, arrolló al ligero Battiston en una jugada salvaje que no fue marcada ni siquiera como falta. Battiston quedó inconsciente sobre el terreno de juego mientras que el arquero alemán contemplaba la escena con la frialdad de un verdugo. Al final del partido mientras el francés era atendido en un hospital de Sevilla Schumacher detenía el penal que daba a los alemanes la calificación a la final del Mundial de España 1982. Años después, en sus memorias, el guardameta confesó que sólo se dio cuenta de la magnitud de la acción cuando recibió la llamada telefónica de su madre preocupada por la salud del francés: “Ha parecido grave. La falta ha dado muy mala impresión”.
Festejaban los alemanes sobre la cancha mientras el niño que fui miraba desconcertado al televisor en el instante en que, lo recuerdo bien, escuchó las gotas pesadas caer sobre el techo, comenzó un típico torrencial de verano en la Ciudad de México. Veintiocho años después no llovió. Lo sé porque me encontraba en el jardín de una cantina de Coyoacán tratando de contener la emoción de mi padre, uruguayo entonces, que se abalanzaba para abrazar a sus compatriotas que no paraban de celebrar. Aquello era una fiesta.
Después de todo lo único que tengo claro es que en Almería hay una calle que aparece y desaparece a voluntad y que de su nombre el futbol no tiene noticia.

viernes, 7 de junio de 2013

Mañana será un gran día






Amigos almerienses:

Mañana será un gran día. Seguro.
            Durante toda la semana les habrá sucedido igual que a mí: estaban inmersos en sus cosas del día a día y de pronto les llegaba el recuerdo del partido. Un flashazo. Casi un suspiro de la imaginación que les provocaba un ligero temblor y una sonrisa. Después regresaban a lo que estaban haciendo, pero algo había cambiado.
            Una de las gracias del futbol es la de provocar sentimientos inexplicables, lazos irrompibles, complicidades misteriosas.   
            Pienso en Manuel y en Eugenio y en Jesús y en María… y aquí me detengo porque podría seguir enumerando nombres de personas maravillosas por un buen rato. Pienso, pues, en todos ustedes y se me pone la piel chinita al imaginar lo que ahora sentirán.
            Mañana nuestro corazón estará en Villarreal.
           No importa que veamos el partido en un bar cercano a la Puerta Purchena o en una cabañita en el Ajusco: mañana nuestro corazón estará en Villarreal.
            Y al final del partido podremos abrazarnos a la distancia o a la cercanía. No importa cómo, pero nos abrazaremos porque habrá sido una gran jornada para nuestro Almería.
Eso es seguro.

martes, 28 de mayo de 2013

Hoy es un mundo raro


Una breve crónica de lo que viví durante la final América - Cruz Azul


JUEVES

Hoy es un mundo raro.
            Se empieza a jugar la primera final en la que participa el América después de la muerte de mi padre.
            Hoy es un mundo raro porque pase lo que pase, al final de los noventa minutos me va a faltar algo. Dice Nick Hornby que presenciar un gol de último minuto que le dé el campeonato a tu equipo es algo que, si tienes suerte, vivirás una vez en la vida. Yo lo viví. Nosotros lo vivimos. Fue el 26 de mayo de 2002, el gol –en aquel caso de oro- lo anotó el Misionero Castillo y significó el campeonato.
            Los reunidos en la casa, cinco o seis americanistas, nos abrazamos en una piña eufórica en mitad de la sala. Un segundo antes de aquel cabezazo llevábamos trece años sin celebrar un campeonato; cuando el balón tocó la red ya éramos campeones.
El “aún no” contra el “ya está” del que habla Javier Marías en El tiempo indeciso, su cuento sobre goles y tristes novias balcánicas.
            La final no dura 180 minutos. Dura 4 días. Del jueves al domingo imaginando combinaciones, resultados, jugadas. Pero cuando por fin llegue ese “ya está” definitivo no sabré qué hacer. Y no pienso en la derrota porque “ese nunca fue” no entra en la ecuación que ahora me ocupa.
            Llegará el domingo, el árbitro silbará el final o alguien anotará un penal, el América será campeón y no tendré con quién abrazarme. Supongo que sentiré un poco de rabia porque mi padre ya no verá ese campeonato, no será suyo, no tendrá noticia de él.
            ¿Somos campeones después de muertos o tan sólo sombras que se arrastran por Comala?


A esta misma hora mi padre estaría llegando a mi casa. El perro enloquecería de gusto y entre los empellones del animal yo le ofrecería un trago: Presidente con coca, con suerte Terry. Abriríamos un jamón, picaríamos unas aceitunas y después surgiría un silencio incómodo. Las gotas que, mientras escribo estas líneas, caen sobre el techo –siempre la lluvia- nos echarían la mano.
            -Al América le viene mejor la cancha mojada –afirmaría mi padre convencido, y entonces el diálogo comenzaría, poco a poco, a levantar el vuelo.


Hoy es un mundo raro. Tan raro como puede serlo un mundo –un día- que quedará enlatado para siempre. Algunos de nosotros sabremos, en veinte años, qué estábamos haciendo hoy; qué Terrys hijos de puta no alcanzamos a tomarnos; cómo afectó la lluvia el desarrollo del partido; qué pasó en ese futuro que muy rápido se trasformó en después…
            Mejor abrir un jamón, picar una aceituna. Servirme un gin, con suerte Tanqueray.
            Con suerte.


SÁBADO

No hubo suerte. Por lo menos en los primeros noventa minutos de ese anómalo partido de cuatro tiempos. Un descuido en un tiro de esquina se transformó en un gol que no ha dejado de rondar por mi cabeza desde el jueves. A veces me parece una nadería muy fácil de remontar, a veces me parece una cuesta imposible.
            Ayer soñé con un partido en el que el Cruz Azul nos ganaba 4-1. Al final resultó una pesadilla de signo positivo porque por la mañana me sentía muy optimista pensando que si ellos nos habían metido cuatro goles en sueños nosotros, fácilmente, podíamos endilgarles otros cuatro en la realidad.
            Un gol, horrible y sin gracia, que me tortura como la gota del grifo al insomne. Tac, tac, tac, tac… paso de la negación a la duda, de la duda al desánimo y del desánimo al optimismo en ciclos de aproximadamente tres horas de duración.


Hoy ganaron los dos Almerías: nosotros 4-1 al Almagro, en el Ajusco, y los andaluces 3-0 al Alcorcón y de visita.
El Almería de allá se perfila como serio aspirante al ascenso a la Primera División de España –me parece que logrará con cierta facilidad el objetivo-, mientras que nosotros empezamos a levantar. Para hacer más grande la felicidad anoté un gol. Un penal bien cobrado: fuerte, raso, a la derecha del portero.  
No sé cómo interpretar tanta buena suerte. Miedo me da.


DOMINGO AL MEDIODÍA

Hoy es un mundo menos raro que el jueves. Vendrán dos amigos a casa a ver el partido: un cruzazulino y un neutral. Al final, insisto, no sabré qué hacer. No importa cuál sea resultado no sabré que hacer.
Derramar unas cuantas lagrimillas puede ser un buen plan.
Que sean de felicidad (y un poquito de rabia).



CUALQUIER DÍA EN HORA IMPRECISA

Hubo suerte y mucha: América consiguió el campeonato al ganar un partido escrito por un guionista loco, borracho y, lo sospecho, con poco camino recorrido en gestas futboleras.
            Al minuto 13 el América se quedó con 10 jugadores después de la expulsión de Molina por evitar una oportunidad manifiesta de gol. Expulsión injusta ya que Teofilo Gutiérrez, el ofendido, aún se encontraba a 30 metros del arco americanista y con varios defensas en clara posibilidad de frenarle el paso.
            Al minuto 19 Cruz Azul se fue al frente 0-2 en el global  convirtiendo la cuesta iniciada el jueves en un Everest con invierno crudo.
            De allí en adelante el partido cayó en un marasmo narrativo quebrado, solamente, por una grandísima oportunidad de conquistar el tercer gol por parte del binomio Teofilo-Jiménez. Al final el balón pegó dos veces en el mismo poste y yo empecé a creer en milagros.   
            Al minuto 89 Aquivaldo Mosquera puso las cosas 1-2 y le regaló al americanismo tres minutos de esperanza.
            Y entonces llegó el 92:22 y el 92:23 y el 92:24 y justo aquí un centro desesperado que remató, tendiéndose en el aire, Moisés Muñoz, el arquero del América que había recorrido el campo en busca de lo imposible. Gol de portero y tiempos extras en medio de un diluvio.
            Por eso me atreví a sugerir que el guionista de esta historia no era muy avezado en materia futbolística, más bien imagino que se crió en Hollywood, a la sombra de Superbowls de infarto y de Brads Pits que ganan la Serie Mundial en la novena entrada, en cuenta llena y con dos outs. Por que acá, en el futbol, ni los balones suelen rebotar en el poste de manera infinita ni los porteros anotan goles tirándose en plancha. Pero la noche del 26 de mayo del 2013 así sucedieron las cosas. Bendito guionista gringo de la Paramount.
            Durante los tiempos extras parecía que el América jugaba con 13 jugadores y el Cruz Azul con 8. Si no cayó el gol fue por las intervenciones de Jesús Corona, su portero.
            Y entonces llegó la serie de penales: Moisés Muñoz detuvo el primero y Miguel Layún –el jugador que ha soportado la campaña en redes sociales más agresiva de la historia del futbol mexicano- anotó el último. Justicia poética de un guionista que seguía haciendo de las suyas.
            Dice Nick Hornby… bueno ya saben lo que dice el inglés, su cita encabeza estas líneas. Llegó el final y yo, al contrario de lo imaginado, ante aquel nuevo gol que le dio el campeonato a mi equipo en el último instante, sí que supe que hacer: salí a la calle para que me mojara la misma lluvia que caía sobre el Estadio Azteca. Fuera de mí corrí por las calles con la mirada puesta en el cielo, mirando hacia arriba, hacia una luna que no existía, hacia la negrura y la humedad.
Gotitas iluminadas por la luz de los faroles.
Corrí gritando, recordando a mi padre y entonces sin rabia, creo, lo abracé.
           
Seguía siendo hoy, un mundo raro.



jueves, 11 de abril de 2013

La Torre de los Homenajes




 
Descubro que un hombre se lanzó al vacío desde la Torre de los Homenajes y la historia me parece bella.
            No me importan ni los padres ni la novia del suicida. Lo que me importa es su figura de brazos abiertos recortada contra el cielo celeste, siempre celeste, de Montevideo.
            Pienso en Onetti y en mi padre, y supongo entonces que no hay mejor destino para un uruguayo que subir hasta lo más alto y dar un paso al frente. Hacia el vacío.

                                                                                                                                         

miércoles, 3 de abril de 2013

Diego y la piedra


El sábado pasado después de jugar con mi Almería me refugié, junto con algunos compañeros del equipo, en la cabañita en la que solemos ahogar las penas o festejar los triunfos. Desde allí se pueden observar los partidos que completan la jornada, y más allá, parte de la belleza del Ajusco.
Nos acomodamos en la misma terraza de siempre, destapamos algunas cervezas y después procedimos a realizar la autopsia del partido, una nueva derrota, por cierto.
Terminada la sesión de culpas y promesas intenté perderme en la contemplación del paisaje, pero en lugar de futbol o montaña, mi mirada no dejaba de pasar, de manera alternativa, de una pequeña roca al parabrisas de un auto cercano.
Roca, parabrisas
Roca, parabrisas.
Roca, parabrisas.
Roca, parabrisas.
Todos los elementos para organizar un desbarajuste me quedaban convenientemente a mano. Lo extraño era que había estado mil veces en aquella terraza rebosante de piedras volcánicas, con parabrisas a tiro, y jamás había sentido tal necesidad de destrucción.   
Un largo rato estuve luchando conmigo mismo para no cometer una tontería, incluso llegué a sopesar la piedra entre mis manos y hasta esbocé la explicación que le daría al dueño del vidrio roto. En caso de lanzar la piedra no escondería la mano y asumiría el costo de la reparación. Y todo por culpa de una fuerza que era superior a mí.
Destapé una nueva cerveza como quien arroja una moneda al aire: con el último trago decidiría si por fin cometía el crimen o ganaba la prudencia. Juro que durante esos minutos la roca no dejaba de mirarme con ojos de invitación. “Lánzame contra el parabrisas”, me ordenaba, “la recompensa será fabulosa”.
Supongo, por fortuna, que la Victoria tiende a apaciguar los ánimos, el caso es que poco a poco el deseo de estrellar el vidrio fue desapareciendo. La tentación estaba casi apagada cuando se acercó Diego, nuestro defensa central, y con un tono entre la excitación y la alarma me hizo una confesión:
–A veces me entran unas incontrolables ganas de cometer locuras.
Nada dije, pero le di un trago a la cerveza, acto que en sí mismo es una respuesta.  
–Llevo un rato queriendo lanzar el tronco contra el parabrisas –continuó Diego con sus palabras mientras me señalaba hacia un enorme trozo de madera, también a mano, y hacia el mismo automóvil contra el que yo había pensado atentar.
Ya no hubo un nuevo trago de cerveza, se había acabado, pero sí un escalofrío de la misma familia de los producidos por el cercano paso de un fantasma. Cuando me recuperé de la sorpresa le confesé a Diego lo que a mí me acababa de suceder. No pudimos darle una explicación lógica a nuestros impulsos destructores. Insisto: cada semana los jugadores del Almería nos reunimos en ese mismo lugar, frente a muchos autos y con proyectiles a mano y jamás –por lo menos nadie lo ha confesado– nos había pasado por la cabeza destruir vidrios ajenos.
Entonces brindamos por la coincidencia, y aquella cuarta cerveza nos llevó a la conclusión de que lo nuestro no era tan grave si lo comparábamos con el hecho de que alguien, alguna vez, en una playa deslumbrante, mató a un árabe sin venir tampoco a cuento.