Salen los dos a dar su paseo diario. El perro siempre tres o cuatro pasos por delante. El hombre detrás, con la cadena enrollada a la muñeca derecha; en un gesto que refleja el ejercicio de una fuerza innecesaria, ya que el perro es pequeño y poco dado a las escaramuzas y es seguro que una simple sujeción natural de la agarradera bastaría para controlarlo. Pero a Antonio le gusta guiarlo así, con una imaginaria mano fuerte, mientras que al perro no le importa en lo más mínimo como lo sujeten, es un animal dócil, decíamos.
Incluso la cadena funciona tan sólo para el primer tramo del recorrido, porque una vez que llegan a la orilla del río, el hombre se agacha hasta el cuello de su compañero, y después de un clic el perro queda en libertad, en una libertad que se traduce en seis o siete pasos de diferencia, no más.
Y Antonio voltea hacia el Arno y sus ojos se pierden en el ligero caudal. ¿Qué mira quien mira un río?
Antonio lo sabrá y yo no lo sé, porque en lugar de un río, mis ojos ven a un hombre con su perro. Estoy parado en el Puente Vespucci, y podría estar mirando hacia Santa María Novella, hacia el Puente Vecchio, pero mis ojos se quedan pegados allí, en los saltitos que da el animal entre el fango de la orilla sin alejarse mucho de Antonio.
-Tómame una foto –pide Ana, mientras coloca la mejor sonrisa del mundo frente al lente de mi cámara.
Yo quiero seguir mirando al hombre y al perro que ahora caminan por la orilla, seguir escuchando al río, pero ella es obstinada y no quiere regresar sin una foto con fondo toscano. Apunto pues la cámara contra mi Gioconda pero ninguna composición me parece adecuada, hasta que de pronto descubro en la parte inferior derecha dos puntitos que se alejan, entonces disparo y capturo la mejor vista de Florencia.
¡Clic!
Y el perro vuelve a regirse por el mando del hombre en el justo instante en el que se ha escuchado un trueno, pero no es seguro que llueva, ayer estuvo igual, Antonio creyó que iba a refrescar y sin embargo el calor no le dejó dormir. Pero todo es fortuito y una hora después el perro y el hombre llegan empapados y divertidos a casa, dejando un desbarajuste de lodo en los catorce peldaños de la escalera que nunca sabremos quién habrá de limpiar.
miércoles, 23 de noviembre de 2011
miércoles, 16 de noviembre de 2011
Maniquí

A Juan Pablo
En el mes de julio, en pleno verano, en un prado donde paseo al perro apareció una cabeza de maniquí de gran personalidad.
Estaba maltratada, es cierto, pero sus ojos irradiaban un brillo esperanzador. Su piel parecía suave y mostraba orgullosa una trenza. Se podría pensar que era un maniquí que lo había abandonado todo en la búsqueda de nuevos horizontes.
El tiempo fue pasando y la hierba la comenzó a cubrir. Pasaban semanas en los que me olvidaba de la cabeza pero siempre llegaba el día en que me sorprendía en una nueva postura o en un sitio diferente del prado.
En una ocasión, incluso, pareció colocarse un trébol en la oreja. No resistí tomarle una nueva fotografía. Daba la impresión de que aquel despojo de maniquí comenzaba a encontrarle sentido a su nueva vida.
Me fui de viaje y me olvidé la cabeza.
Ayer, sin embargo, la volví a encontrar. Parece que no está llevando muy bien el noviembre que le ha caído encima. Se le ve muy mal. Tiene frío y es claro que no sabe cómo afrontar el invierno. Es algo que seguro no entra en la naturaleza de un maniquí.
Qué haya suerte.
martes, 15 de noviembre de 2011
La Torre de Belén
La Torre de Belén parece hecha de arena.
En cualquier momento una ola vendrá a romperla.
La Torre de Belén se desmorona minuto a minuto hacia el fondo del Tajo.
Como una pieza de alka-seltzer.
Submarinistas circunspectos reparan por la noche los estropicios de las mareas.
Los submarinistas se jubilarán.
Morirán rodeados de sus nietos
(submarinistas también)
que heredarán el trabajo de los abuelos.
Al final morirán y heredarán el empleo
y morirán y heredarán el empleo
y morirán y heredarán el empleo
Y mientras tanto la Torre de Belén continuará ahuyentando a los barcos que jamás
(para eso existe y se desmorona)
habrán de llegar a Lisboa
jueves, 13 de octubre de 2011
Marikillas y Doramoshos
Para José Ortiz Bernal, un grande.
En el verano de 2002 iba en un autobús de Córdoba a Sevilla cuando en la radio informaron que el Almería había ascendido a segunda división. Juan Pablo, el amigo con el que viajaba (de abuelos almerienses), se emocionó con la noticia y me contó la historia del Almería mexicano.
Me gustó el equipo y decidí que algún día ficharía en él. Me tardé más de un año en lograr mi propósito. De hecho todo estuvo a punto de frustrarse por culpa del presidente del club* quien no estaba muy de acuerdo con mi contratación.
El 4 de octubre de 2003 hice mi debut. En realidad nuestro Almería no es más que un equipo de amigos y sin embargo jugar allí ha sido una de las mejores cosas que me han sucedido en la vida. No exagero si les digo que mi vida es otra a partir del momento en que coloqué por primera vez la camiseta verdiblanca.
Supongo que por eso le tomé tanto cariño al otro Almería (al verdadero). Comencé a seguir los resultados por Internet y sufrí mucho cuando en la temporada de 2005-06 se quedaron (nos quedamos) cerca del ascenso. Pero llegó el 2007 y el destino nos premio a ambos equipos: con el esperado ascenso y con nuestro triunfo en la Recopa del Ajusco (el único título que tenemos).
Cuando el Almería ascendió a primera división varios miembros del equipo hicimos una manda (¿se dirá así en España? Una manda es una especie de promesa) en la que nos comprometíamos a ir a un juego del Almería. A mí me tocó ¿la suerte? de ir al Barcelona – Almería de octubre de 2008. Fue un espantoso partido de cinco goles en el primer tiempo. Recuerdo que a Negredo lo expulsaron muy temprano por patear a Rafa Márquez. Los catalanes me veían muy feo enfundado en mi camiseta verdiblanca del Almería mexicano abucheando todas las jugadas blaugranas. Estoy convencido que esa noche fue el despertar de ese Barcelona que maravilló al mundo (¿por qué no se esperó una semanita?).
Todos los domingos a las 10 de la mañana comencé a seguir a ese equipo alegre y desenfadado. Disfruté el triunfo frente al Madrid, el golazo de Negredo en un extraño tiro libre, los enojos de Crusat, el golazo de Ortiz Bernal frente al Xerez en un momento muy complicado de la temporada y una remontada de película frente al Valladolid.
Y entonces fue que por medio de twitter contacté con José Ortiz Bernal, capitán del equipo. Un personaje que representa los mejores valores del futbol.
Un buen capitán debe ser un símbolo y desde la distancia puedo darme cuenta de que Ortiz Bernal es un símbolo que incluso trasciende los límites de la cancha. Me parece que nuestro capitán representa el alma de todo un pueblo.
A partir de ese contacto el cariño hacia el equipo dejó de ser “platónico” para convertirse en una realidad tangible. Se podría decir que a partir de allí me convertí en un almeriense con todas las de la ley. Además gracias a la red fui conociendo a muchos otros seguidores del Almería:
@Marikilla92, @Doramosho, @Kokesalbla, @ManuelSanchez___, @Amoreno_Ibiza, @ALMERIAUEFA, @r_almeria, @76AntonioVilla, @rehtafdogeht , @Bea_Butterfly y muchos otros que vienen y van.
Y me gustó seguirlos no sólo por el cariño al equipo que nos unió como un común denominador, sino porque detrás de esos nombres misteriosos descubrí lindas personas. Tomé café en las tardes de domingo con Manuel; gracias a las fotos de Antonio conocí a la invicta Vera; con Doramosho, Pablo y el otro Antonio les cobramos, de malas maneras, a unos deudores morosos de Nueva Jersey; lamenté derrotas americanistas con @r_almeria; fui testigo de mesas de madrugada arrasadas por María-kokesalba y compañía; leí los despotriques de Miguel Ángel con respecto al Barca; aprendí a manejar con Bea y viaje en un barquito con Marikilla.
Todo eso desde mi casa de la Ciudad de México.
Desde hace años me persigue la idea de un libro acerca de lo que significa irle a un equipo de futbol. Estoy convencido de que todos, futboleros y no, tenemos un equipo favorito, una idea de equipo por el que lo daríamos todo. Seguro mi caso es para estudio: a mis años me fui a enamorar de un modesto club, de una pequeña ciudad al otro lado del mundo. Sin embargo algo me dice que no estoy equivocado.
Y seguro que en unos días más, cuando por fin pueda caminar por la ciudad, cuando los nombres dejen de ir precedidos de una arroba, cuando insulté desde la grada al árbitro cabrón en turno, mi sentimiento almeriense crecerá aún más.
En fin, querida Almería, allá nos vemos.
*Dicho presidente no es otro que Enrique López Rull quien con el tiempo se convirtió en uno de mis grandes amigos y que estará conmigo en la próxima peregrinación a nuestra Meca, a nuestra Almería.
martes, 13 de septiembre de 2011
Lo pude todo donde nunca estuve
Un frgamento del capítulo 110 de El libro del desasosiego de Fernando Pessoa:
"Y entonces, en plena vida, es cuando el sueño gana grandes salas de cine. Voy por una calle irreal de la Baixa y la realidad de las vidas que no hay envuelve, con cariño, mi cabeza con un turbante blanco de reminiscencias falsas. Y así navego, en un desconocimiento de mí. Lo pude todo donde nunca estuve. Y es una brisa nueva esta somnolencia que me impulsa a caminar, echado hacia adelante, en marcha hacia lo imposible.
Cada cual tiene su alcohol. Yo tengo alcohol de sobra con existir."
lunes, 12 de septiembre de 2011
Los brownies, fieles amigos de los escritores
Escribir es un sitio que para mí siempre se encuentra en el futuro. Un lugar que nunca sé si volveré a pisar. Una escalera que puede desmoronarse al siguiente paso.
Nunca he sentido la presencia de la musa ni esa voz que muchos dicen les dicta lo que escriben.
Para mí cada palabra puede ser la última.
Cuando lo que escribo no fluye bien (o cuando me encuentro con un bloqueo) envidio a los escritores que reciben ayudas externas para poder contar su historias. Entonces voy al refrigerador, abro una Guinness y recuerdo con una lagrimita a punto de brotar el caso de los brownies escoceses que ayudaban a escribir a Robert Louis Stevenson.
Los brownies son unos enanos que habitan en los bosques de Escocia. Tiene la piel peluda, ojos azules y poseen, por lo que se ve (y se lee), un gran talento literario.
En un artículo publicado en Scribner´s Magazine Stevenson, autor de La isla del tesoro y El doctor Jekyll y Mr. Hyde, aceptaba que buena parte de su obra fue escrita en realidad por un grupo de brownies amigos: "Hacen la mitad de mi trabajo mientras yo duermo, y con toda probabilidad, hacen también el resto cuando estoy despierto (...) El conjunto de mis ficciones publicadas debe ser producto exclusivo de algunos brownies que tengo encerrados en mi desván, mientras que yo recibo todas alabanzas".
Stevenson también afirmaba que los brownies le enseñaron un concepto fundamental que aplicó a su literatura: la de dosificar la información que el lector debe conocer, irla soltando poco a poco a lo largo del texto, mantener un hilo de tensión invisible que ayude a sostener la estructura del libro.
A cambió de su ayuda los brownies recibían unas cuantas pintas de cerveza. Los enanos y el escritor mantuvieron una relación tan estrecha que los habitantes de la isla de Tuamasaga, en donde se encuentra la tumba de Stevenson, aseguran que los brownies realizan una peregrinación anual desde Escocia para celebrar a su amigo y bailar noches enteras alrededor de su tumba.
Quién tuviera ayudantes así. De cualquier manera hoy por la noche, antes de dormir, abriré una Guinness y la dejaré como ofrenda para algún brownie que ande perdido por estos lares.
Con información de: Enanos y gnomos, Édouard Brasey, Morgana 2000
viernes, 9 de septiembre de 2011
16:20, Andalucy
Es martes, las tres de la tarde no deben estar lejos, ni a un lado ni hacia otro, y Pedro, después de terminar la talla de una pequeña escultura que parece una mujer negra, cuyas nalgas se llevaron el cincuenta por ciento del material, se dispone a realizar (si realizar es quedarse quieto y con la mente puesta en el infinito) la siesta vespertina. Hoy será corta porque cerca de las cinco tiene que verse con Raúl en un bar cercano a la Corredera.
Coloca la cabeza en la almohada y espera al sueño. Lo espera siempre con los zapatos puestos, como para que sus primeros pasos en los terrenos de las sombras sean firmes, nada vacilantes. Entrar de golpe en el sueño como entra el andarín al estadio en los Juegos Olímpicos, en medio de una ovación; o en este caso en medio del silencio, pero con la sonrisa en el rostro.
Así duerme Pedro con zapatos y riendo.
Suena el teléfono y antes del segundo ring ya sufre una taquicardia que amenaza con hacerle estallar el corazón. Aún no se acostumbra a ese horroroso timbre porque hace poco tiempo le instalaron el teléfono, tan poco tiempo en verdad, que sólo Raúl tiene su número.
-¿Eres tú? -Pregunta una voz de mujer. Mujer bonita, seguro.
-Sí, soy yo -responde Pedro a una de las pocas preguntas del lenguaje humano que tienen una única segura respuesta. Nadie puede ser otro.
-¿No estás que te cagas?
-Estaba dormido -responde el joven todavía entre sueños, mientras voltea a ver el reloj.
Las cuatro y veinte y Pedro aún no entiende de quién puede ser esa prometedora voz ni porqué debería estar cagándose.
La mujer bonita se ha quedado callada, pero del otro lado de la línea se escucha el sonido de una televisión encendida. Hay un diálogo de voces monótonas y grises, que hablan de una explosión y de un número indeterminado de muertos. Nada que ver con la voz de las dos preguntas extrañas: ¿Eres tú? ¿No estás que te cagas? Y que justo en ese momento agrega una más:
-¡¿Ya oíste?!
-No, no pude oír nada.
-¡Joder, Manuel! ¡Que los kamikazes del ejército rojo del Japón se han cargado las Torres Gemelas!
-No me llamo Manuel, soy Pedro.
-Yo soy Inma, disculpa, quería hablar con Mau, ¿no se encuentra? -Lanza su cuarta pregunta la voz pero ahora no pueden ocultar su vergüenza. Dice sin decir "Perdona, no era mi intención molestarte. Regularmente soy más seria, pero con esto..." y detrás de esos puntos suspensivos Pedro tendría que ver derrumbarse la torre norte del World Trade Center, como ahora mismo los ojos de Inmaculada lo están viendo.
-Vivo solo.
-Disculpa, tengo que colgar.
Pedro alcanza a escuchar que del televisor de Inma se escapa un ¡Oh, my god! de la transmisión original , seguido de un ¡Santo cielo! del presentador del telediario. Se recuesta de nuevo sobre el colchón y cierra los ojos, pero esta vez no puede reír, por su mente pasan cientos de avioncitos rojos con un punto negro, o negros con un punto rojo, que revolotean a un lado de la Estatua de la Libertad y del Empire State igual que lo haría un ejército de moscas sobre una gran mierda olvidada en la calle. En cada avioncito viaja un japonés de dibujo animado con los dientes apretados y dispuesto a todo.
En ese instante Pedro se da cuenta que es inútil dormir y decide salir a la calle para enterarse bien del asunto de los kamikazes de caricatura que han desatado el terror sobre las calles de Nueva York.
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