Aún no estamos a dos de julio, pero el triunfo de Uruguay me
impulsó a compartir con ustedes este texto. Pertenece a "El futbol está
en otra parte", un ensayo que escribí para desentrañar lo que para mí
significa en futbol.
DOS DE JULIO DE 2010
También desde hace años tengo la idea de escribir un ensayo acerca de
lo qué significa irle –como se dice en México- a un equipo de futbol. No
creo que sea una idea tan descabellada como la de la novela imposible
que pretende contar la prohibición del balompié. Más bien me parece un
ejercicio complicado, casi de psicoanálisis, porque siempre que pienso
en la estructura de aquel ensayo aparece en el fondo la figura de mi
padre.
No descarto, por otro lado, que todas estas anotaciones
formen ya parte de ese ensayo. No descarto que mi vida completa, el
viaje a Almería, los goles con los que sueño sean en realidad páginas de
un ensayo que buscan desentrañar lo que en el fondo significa irle a un
equipo de futbol.
Tal vez viajé a Almería a encontrar a mi
padre, un tal Carlos Quezadas, fallecido un año antes en la Ciudad de
México. Habría sido una gran respuesta para todos aquellos que me
preguntaban qué coño iba yo a hacer en Almería:
-Voy a buscar a mi padre.
Seguro a él le habría divertido mucho transfigurarse en almeriense. A
fin de cuentas le encantaba usurpar nacionalidades. Sin ir más lejos fue
el más uruguayo de los uruguayos cuatro meses exactos antes de su
muerte. El dos de julio de 2010, el día de su cumpleaños, se enfrentaron
Ghana contra Uruguay en los cuartos de final de la Copa del Mundo de
Sudáfrica. Lo invité a comer a La Coyoacana para ver el partido. Había
muchos charrúas en el sitio pero ninguno como mi padre.
Fue un
partido que se recordará por años. Un claro ejemplo de porqué el Mundial
es tan maravilloso y existimos los locos que catalogamos la calidad de
un año de acuerdo a la cercanía del evento. Se jugaba el último segundo
del tiempo extra. Ghana mandó un centro que se paseó por el área
uruguaya sin decidirse a entrar en la portería. Varias veces el balón
estuvo a punto de entrar, pero un milagro evitaba la desgracia hasta que
un decidido cabezazo de Dominic Adiyiah tomó dirección de gol. Y
entonces apareció la figura de Luis Suárez quien metió una mano que
evitó la anotación.
Y entonces surgió el problema de ética
futbolística más importante de la historia. Nunca antes se había
presentando una jugada de esas características en una instancia tan
importante.
¿Luis Suárez hizo lo correcto?
¿Ghana fue víctima de ese reglamento bárbaro del que ya hemos hablado?
¿Aquel dos de julio quedó marcado como una fecha vil para el futbol?
Mi respuesta para el primer cuestionamiento es que efectivamente el
delantero uruguayo hizo lo correcto. Cometió una falta, es cierto, pero
fue juzgado por ella y recibió el castigo que marca el reglamento. A
final de cuentas Asamoah Gyan tuvo en sus piernas la posibilidad de
anotar un penalti que de haberse transformado en gol no nos tendría,
años después, discutiendo la jugada. Sin embargo el balón dio en el
travesaño, el árbitro decretó en ese instante el fin de los tiempos
suplementarios y aquel partido se decidió en serie de penales. Una Ghana
con la moral por los suelos no tuvo los arrestos para afrontar los
disparos desde los once pasos y Uruguay calificó a las semifinales de la
Copa del Mundo.
Sí, es cierto, los africanos fueron perjudicados
por un reglamento cruel que a veces parece redactado por una turba de
trogloditas. Pero qué hacer entonces. ¿Tirar penales hasta que la
víctima del infortunio logré la anotación que le fue robada? ¿Decretar
como gol un balón que jamás rebasó la línea de meta? Me parece que ese
coqueteo con la barbarie fomentado por el reglamento es el que hace que
el futbol sea algo más que un deporte.
Y no, definitivamente no
creo que aquel dos de julio haya quedado marcado como una fecha negra.
Me parece que miles, incluso millones de niños que presenciaron el
partido quedaron enganchados para siempre al futbol. Experimentaron,
supongo, lo que yo sentí en otro julio lejano cuando Harald Schumacher,
portero alemán, arrolló al ligero Battiston en una jugada salvaje que no
fue marcada ni siquiera como falta. Battiston quedó inconsciente sobre
el terreno de juego mientras que el arquero alemán contemplaba la escena
con la frialdad de un verdugo. Al final del partido mientras el francés
era atendido en un hospital de Sevilla Schumacher detenía el penal que
daba a los alemanes la calificación a la final del Mundial de España
1982. Años después, en sus memorias, el guardameta confesó que sólo se
dio cuenta de la magnitud de la acción cuando recibió la llamada
telefónica de su madre preocupada por la salud del francés: “Ha parecido
grave. La falta ha dado muy mala impresión”.
Festejaban los
alemanes sobre la cancha mientras el niño que fui miraba desconcertado
al televisor en el instante en que, lo recuerdo bien, escuchó las gotas
pesadas caer sobre el techo, comenzó un típico torrencial de verano en
la Ciudad de México. Veintiocho años después no llovió. Lo sé porque me
encontraba en el jardín de una cantina de Coyoacán tratando de contener
la emoción de mi padre, uruguayo entonces, que se abalanzaba para
abrazar a sus compatriotas que no paraban de celebrar. Aquello era una
fiesta.
Después de todo lo único que tengo claro es que en Almería
hay una calle que aparece y desaparece a voluntad y que de su nombre el
futbol no tiene noticia.
martes, 24 de junio de 2014
viernes, 7 de junio de 2013
Mañana será un gran día
Amigos
almerienses:
Mañana será
un gran día. Seguro.
Durante toda la semana les habrá
sucedido igual que a mí: estaban inmersos en sus cosas del día a día y de
pronto les llegaba el recuerdo del partido. Un flashazo. Casi un suspiro de la
imaginación que les provocaba un ligero temblor y una sonrisa. Después regresaban
a lo que estaban haciendo, pero algo había cambiado.
Una de las gracias del futbol es la
de provocar sentimientos inexplicables, lazos irrompibles, complicidades
misteriosas.
Pienso en Manuel y en Eugenio y en
Jesús y en María… y aquí me detengo porque podría seguir enumerando nombres de
personas maravillosas por un buen rato. Pienso, pues, en todos ustedes y se me
pone la piel chinita al imaginar lo que ahora sentirán.
Mañana nuestro corazón estará en
Villarreal.
No importa que veamos el partido en
un bar cercano a la Puerta Purchena o en una cabañita en el Ajusco: mañana
nuestro corazón estará en Villarreal.
Y al final del partido podremos
abrazarnos a la distancia o a la cercanía. No importa cómo, pero nos
abrazaremos porque habrá sido una gran jornada para nuestro Almería.
Eso
es seguro.
martes, 28 de mayo de 2013
Hoy es un mundo raro
Una breve crónica de lo que viví durante la final América - Cruz Azul
JUEVES
Hoy es un
mundo raro.
Se empieza a jugar la primera final
en la que participa el América después de la muerte de mi padre.
Hoy es un mundo raro porque pase lo
que pase, al final de los noventa minutos me va a faltar algo. Dice Nick Hornby
que presenciar un gol de último minuto que le dé el campeonato a tu equipo es
algo que, si tienes suerte, vivirás una vez en la vida. Yo lo viví. Nosotros lo
vivimos. Fue el 26 de mayo de 2002, el gol –en aquel caso de oro- lo anotó el Misionero Castillo y significó el campeonato.
Los reunidos en la casa, cinco o
seis americanistas, nos abrazamos en una piña eufórica en mitad de la sala. Un
segundo antes de aquel cabezazo llevábamos trece años sin celebrar un
campeonato; cuando el balón tocó la red ya éramos campeones.
El
“aún no” contra el “ya está” del que habla Javier Marías en El tiempo indeciso, su cuento sobre
goles y tristes novias balcánicas.
La final no dura 180 minutos. Dura 4
días. Del jueves al domingo imaginando combinaciones, resultados, jugadas. Pero
cuando por fin llegue ese “ya está” definitivo no sabré qué hacer. Y no pienso
en la derrota porque “ese nunca fue” no entra en la ecuación que ahora me
ocupa.
Llegará el domingo, el árbitro
silbará el final o alguien anotará un penal, el América será campeón y no
tendré con quién abrazarme. Supongo que sentiré un poco de rabia porque mi
padre ya no verá ese campeonato, no será suyo, no tendrá noticia de él.
¿Somos campeones después de muertos
o tan sólo sombras que se arrastran por Comala?
A esta misma
hora mi padre estaría llegando a mi casa. El perro enloquecería de gusto y
entre los empellones del animal yo le ofrecería un trago: Presidente con coca,
con suerte Terry. Abriríamos un jamón, picaríamos unas aceitunas y después
surgiría un silencio incómodo. Las gotas que, mientras escribo estas líneas,
caen sobre el techo –siempre la lluvia- nos echarían la mano.
-Al América le viene mejor la cancha
mojada –afirmaría mi padre convencido, y entonces el diálogo comenzaría, poco a
poco, a levantar el vuelo.
Hoy es un
mundo raro. Tan raro como puede serlo un mundo –un día- que quedará enlatado
para siempre. Algunos de nosotros sabremos, en veinte años, qué estábamos
haciendo hoy; qué Terrys hijos de puta no alcanzamos a tomarnos; cómo afectó la
lluvia el desarrollo del partido; qué pasó en ese futuro que muy rápido se
trasformó en después…
Mejor abrir un jamón, picar una
aceituna. Servirme un gin, con suerte Tanqueray.
Con suerte.
SÁBADO
No hubo
suerte. Por lo menos en los primeros noventa minutos de ese anómalo partido de
cuatro tiempos. Un descuido en un tiro de esquina se transformó en un gol que
no ha dejado de rondar por mi cabeza desde el jueves. A veces me parece una
nadería muy fácil de remontar, a veces me parece una cuesta imposible.
Ayer soñé con un partido en el que
el Cruz Azul nos ganaba 4-1. Al final resultó una pesadilla de signo positivo
porque por la mañana me sentía muy optimista pensando que si ellos nos habían
metido cuatro goles en sueños nosotros, fácilmente, podíamos endilgarles otros
cuatro en la realidad.
Un gol, horrible y sin gracia, que
me tortura como la gota del grifo al insomne. Tac, tac, tac, tac… paso de la
negación a la duda, de la duda al desánimo y del desánimo al optimismo en
ciclos de aproximadamente tres horas de duración.
Hoy ganaron
los dos Almerías: nosotros 4-1 al Almagro, en el Ajusco, y los andaluces 3-0 al
Alcorcón y de visita.
El
Almería de allá se perfila como serio aspirante al ascenso a la Primera División
de España –me parece que logrará con cierta facilidad el objetivo-, mientras que
nosotros empezamos a levantar. Para hacer más grande la felicidad anoté un gol.
Un penal bien cobrado: fuerte, raso, a la derecha del portero.
No
sé cómo interpretar tanta buena suerte. Miedo me da.
DOMINGO AL MEDIODÍA
Hoy es un
mundo menos raro que el jueves. Vendrán dos amigos a casa a ver el partido: un
cruzazulino y un neutral. Al final, insisto, no sabré qué hacer. No importa
cuál sea resultado no sabré que hacer.
Derramar
unas cuantas lagrimillas puede ser un buen plan.
Que
sean de felicidad (y un poquito de rabia).
CUALQUIER DÍA EN HORA IMPRECISA
Hubo suerte
y mucha: América consiguió el campeonato al ganar un partido escrito por un
guionista loco, borracho y, lo sospecho, con poco camino recorrido en gestas
futboleras.
Al minuto 13 el América se quedó con
10 jugadores después de la expulsión de Molina por evitar una oportunidad
manifiesta de gol. Expulsión injusta ya que Teofilo Gutiérrez, el ofendido, aún
se encontraba a 30 metros
del arco americanista y con varios defensas en clara posibilidad de frenarle el
paso.
Al minuto 19 Cruz Azul se fue al
frente 0-2 en el global convirtiendo la
cuesta iniciada el jueves en un Everest con invierno crudo.
De allí en adelante el partido cayó
en un marasmo narrativo quebrado, solamente, por una grandísima oportunidad de
conquistar el tercer gol por parte del binomio Teofilo-Jiménez. Al final el
balón pegó dos veces en el mismo poste y yo empecé a creer en milagros.
Al minuto 89 Aquivaldo Mosquera puso
las cosas 1-2 y le regaló al americanismo tres minutos de esperanza.
Y
entonces llegó el 92:22 y el 92:23 y el 92:24 y justo aquí un centro
desesperado que remató, tendiéndose en el aire, Moisés Muñoz, el arquero del
América que había recorrido el campo en busca de lo imposible. Gol de portero y
tiempos extras en medio de un diluvio.
Por eso me atreví a sugerir que el
guionista de esta historia no era muy avezado en materia futbolística, más bien
imagino que se crió en Hollywood, a la sombra de Superbowls de infarto y de Brads
Pits que ganan la Serie Mundial en la novena entrada, en cuenta llena y con dos
outs. Por que acá, en el futbol, ni los balones suelen rebotar en el poste de
manera infinita ni los porteros anotan goles tirándose en plancha. Pero la
noche del 26 de mayo del 2013 así sucedieron las cosas. Bendito guionista gringo
de la Paramount.
Durante los tiempos extras parecía
que el América jugaba con 13 jugadores y el Cruz Azul con 8. Si no cayó el gol
fue por las intervenciones de Jesús Corona, su portero.
Y entonces llegó la serie de
penales: Moisés Muñoz detuvo el primero y Miguel Layún –el jugador que ha soportado
la campaña en redes sociales más agresiva de la historia del futbol mexicano-
anotó el último. Justicia poética de un guionista que seguía haciendo de las
suyas.
Dice Nick Hornby… bueno ya saben lo
que dice el inglés, su cita encabeza estas líneas. Llegó el final y yo, al contrario
de lo imaginado, ante aquel nuevo gol que le dio el campeonato a mi equipo en el
último instante, sí que supe que hacer: salí a la calle para que me mojara la
misma lluvia que caía sobre el Estadio Azteca. Fuera de mí corrí por las calles
con la mirada puesta en el cielo, mirando hacia arriba, hacia una luna que no
existía, hacia la negrura y la humedad.
Gotitas
iluminadas por la luz de los faroles.
Corrí
gritando, recordando a mi padre y entonces sin rabia, creo, lo abracé.
Seguía
siendo hoy, un mundo raro.
jueves, 11 de abril de 2013
La Torre de los Homenajes
Descubro que un hombre se
lanzó al vacío desde la Torre
de los Homenajes y la historia me parece bella.
No me importan ni los padres ni la novia del suicida. Lo que
me importa es su figura de brazos abiertos recortada contra el cielo celeste,
siempre celeste, de Montevideo.
Pienso en Onetti y en mi padre, y supongo entonces que no
hay mejor destino para un uruguayo que subir hasta lo más alto y dar un paso al
frente. Hacia el vacío.
miércoles, 3 de abril de 2013
Diego y la piedra
El sábado pasado después de jugar con mi Almería me
refugié, junto con algunos compañeros del equipo, en la cabañita en la que
solemos ahogar las penas o festejar los triunfos. Desde allí se pueden observar
los partidos que completan la jornada, y más allá, parte de la belleza del
Ajusco.
Nos acomodamos en la misma
terraza de siempre, destapamos algunas cervezas y después procedimos a realizar
la autopsia del partido, una nueva derrota, por cierto.
Terminada la sesión de culpas
y promesas intenté perderme en la contemplación del paisaje, pero en lugar de
futbol o montaña, mi mirada no dejaba de pasar, de manera alternativa, de una
pequeña roca al parabrisas de un auto cercano.
Roca, parabrisas
Roca, parabrisas.
Roca, parabrisas.
Roca, parabrisas.
Todos los elementos para
organizar un desbarajuste me quedaban convenientemente a mano. Lo extraño era
que había estado mil veces en aquella terraza rebosante de piedras volcánicas,
con parabrisas a tiro, y jamás había sentido tal necesidad de destrucción.
Un largo rato estuve luchando
conmigo mismo para no cometer una tontería, incluso llegué a sopesar la piedra
entre mis manos y hasta esbocé la explicación que le daría al dueño del vidrio
roto. En caso de lanzar la piedra no escondería la mano y asumiría el costo de
la reparación. Y todo por culpa de una fuerza que era superior a mí.
Destapé una nueva cerveza
como quien arroja una moneda al aire: con el último trago decidiría si por fin
cometía el crimen o ganaba la prudencia. Juro que durante esos minutos la roca
no dejaba de mirarme con ojos de invitación. “Lánzame contra el parabrisas”, me
ordenaba, “la recompensa será fabulosa”.
Supongo, por fortuna, que la Victoria tiende a
apaciguar los ánimos, el caso es que poco a poco el deseo de estrellar el
vidrio fue desapareciendo. La tentación estaba casi apagada cuando se acercó
Diego, nuestro defensa central, y con un tono entre la excitación y la alarma
me hizo una confesión:
–A veces me entran unas
incontrolables ganas de cometer locuras.
Nada dije, pero le di un trago
a la cerveza, acto que en sí mismo es una respuesta.
–Llevo un rato queriendo
lanzar el tronco contra el parabrisas –continuó Diego con sus palabras mientras
me señalaba hacia un enorme trozo de madera, también a mano, y hacia el mismo
automóvil contra el que yo había pensado atentar.
Ya no hubo un nuevo trago de
cerveza, se había acabado, pero sí un escalofrío de la misma familia de los
producidos por el cercano paso de un fantasma. Cuando me recuperé de la
sorpresa le confesé a Diego lo que a mí me acababa de suceder. No pudimos darle
una explicación lógica a nuestros impulsos destructores. Insisto: cada semana
los jugadores del Almería nos reunimos en ese mismo lugar, frente a muchos autos
y con proyectiles a mano y jamás –por lo menos nadie lo ha confesado– nos había
pasado por la cabeza destruir vidrios ajenos.
Entonces brindamos por la
coincidencia, y aquella cuarta cerveza nos llevó a la conclusión de que lo
nuestro no era tan grave si lo comparábamos con el hecho de que alguien, alguna
vez, en una playa deslumbrante, mató a un árabe sin venir tampoco a cuento.
lunes, 1 de abril de 2013
El Síndrome de Spielberg y otras dolencias
Una nueva entrega de este blog que nace a partir de un tuit. En este caso de @pavidonavido Luis Téllez, poeta y especialista en literatura infantil.
Antes de continuar quisiera
hacer una distinción entre literatura e industria editorial. Son dos conceptos diferentes
que se complementan y sobreviven en perfecta simbiosis: no puede existir uno
sin el otro.
La literatura la
ejercen los escritores y en cierta forma los editores, mientras que la
industria editorial es todo aquello que se maneja entre despachos, contratos y
términos escabrosos como el precio de venta al público o el representante legal.
Una vez separados los conceptos puedo responderle a Luis
con una reflexión: creo que lo que tendríamos que aprenderle a la industria editorial argentina (y en general
a muchas otras industrias como la española, la alemana, la ecuatoriana o la
brasileña) es su vocación viajera, su búsqueda por hacer llegar al mayor número
de lectores el trabajo de sus escritores.
Mientras que las industrias que acabo de mencionar son exportadoras,
e incluso buscan la traducción de los libros que generan, la mexicana tiende
más a la importación.
Basta darse una vuelta por las librerías especializadas
en literatura infantil de la Ciudad de México para encontrar títulos de autores
de medio mundo, mientras que es prácticamente imposible hallar un ejemplar de literatura
infantil mexicana en una librería de Madrid, por ejemplo.
SM, Alfaguara y Norma, sellos que publican buena parte la
literatura infantil mexicana, son filiales de grupos editoriales extranjeros:
las dos primeras son de capital español, mientras que Norma tiene su sede en
Colombia. El catálogo de venta de estos sellos en México está integrado tanto
por escritores nacionales como extranjeros. Sin embargo son contados los libros
mexicanos que, en contraparte, integran el catálogo internacional de aquellas
editoriales.
Un ejemplo puntual de esto último son, por ejemplo, los
libros que ganan el Premio Barco de Vapor en su versión mexicana. A pesar de
contar con el aval que otorga un premio tan importante son ignorados por las
filiales de SM en América Latina y España.
Sucede entonces que escritores, ilustradores y editores
están creando libros mexicanos de calidad que, sin embargo, muy pocos conocen
fuera de aquí porque la industria editorial mexicana, esa que se maneja en los
despachos mantiene los contratos encerrados en un cajón.
I El Síndrome de Spielberg
Cuando un escritor firma un
contrato de edición en México se encuentra con una interminable cascada de páginas
y páginas llenas de cláusulas complicadísimas que incluyen apartados sobre
traducciones, libros electrónicos, soportes tecnológicos que aún no
se han inventado, derechos de imagen, película, serie de televisión, parque de
diversiones, qué hacer en caso de que a Spielberg le guste tu novela o cómo
gestionar la traducción al marciano moderno. En pocas palabras toda futura y
posible negociación queda pertinentemente pactada.
Por desgracia todo queda en el papel ya que en realidad
la editorial no hará el más mínimo esfuerzo para que el libro alcance horizontes
más amplios.
Una vez le pregunté al subdirector de una editorial cuál
era el mecanismo de su empresa para intentar traducciones o ventas de derechos
de los libros mexicanos en la Feria de Bolonia. Al principio me miró como si le hubiera
cuestionado por el sentido de la vida, y cuando por fin comprendió la pregunta
me respondió con suficiencia: "nosotros no llevamos sus libros a Bolonia". Sorprendido
le pregunté la razón por la que nos hacían firmar contratos tan complicados.
Entonces aquel hombre me volvió a lanzar una de sus miraditas, y
después me dio una enigmática respuesta: "Para protegernos".
II El hombre de los fierros
viejos.
Hace años, cuando comenzaba a
escribir, una vez que terminaba un texto procedía a esconderlo en un cajón. No
hacía nada por publicarlo. Mi madre, pendiente de aquel extraño gesto, me
invitaba a llevarlos a una editorial. Su lógica era aplastante y se sustentaba
en el hecho de que era muy difícil que por la calle pasara un hombre gritando
con la misma voz que el comprador de fierros viejos: ¡Se publican novelas de
jóvenes escritores!
Tenía razón, no abundan los editores de novelas que van
puerta por puerta en la búsqueda del nuevo Harry Potter. Mi madre, eterna ama de
casa, sabía, sin embargo, algo que el subdirector de una editorial
transnacional ignoraba (o fingía ignorar): el que no enseña no vende.
Volvamos al tuit que originó estas reflexiones. Luis
Téllez se refiere a los logros de Isol, ganadora del premio Astrid Lindgren
2013, y de María Teresa Andruetto, ganadora del Hans Christian Andersen 2012.
Premios muy merecidos, sin duda, y otorgados a obras visibles, no a fantasmas
escondidos bajo el peso de catorce mil claúsulas.
III
Los problemas y retos de la
literatura infantil mexicana y su inminente diálogo con el mundo dan para horas
y horas de apasionante discusión. El propósito de esta entrada fue únicamente el
de tratar de formular una idea más extensa de la que permiten los 140
caracteres del twitter.
Es cierto, en México hay mucho que aprender a los
argentinos, a los chinos, a los italianos, pero también hay una literatura
infantil vital y poderosa que tiene muchas cosas por contarle al mundo.
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LITERATURA INFANTIL ISOL PREMIOS LITERARIOS
miércoles, 20 de marzo de 2013
El Síndrome García-García o la imposibilidad de utilizar el teléfono
Descubro en mi Time Line el
siguiente tuit del escritor Jaime Mesa (@jmesa77):
“Me perturba recibir llamadas
telefónicas y más, creo, hacerlas. Ya tengo una de esas fobias raras del siglo
XXI?”
Y allí reconozco una de mis
manías más representativas: el malestar que me inspira el teléfono.
Yo tampoco sé qué odio más: si llamar o ser llamado. El caso
es que todo lo que tenga que ver con el teléfono me parece repulsivo. Incluso
el marcarlo.
Una de las escenas que más recuerdo de los Sopranos es
una en la que Tony descarga su furia contra un trabajador del Bada Bing que no
sabe utilizar el aparato. Yo habría corrido la misma suerte que el triste
Georgie.
En una novela (inédita como casi todos mis textos para
adultos) aventuro un probable origen para ese mal, que he bautizado como el Síndrome
García-García. Me remonto a mis ancestros asturianos y su afición por la cría
de las palomas mensajeras y sitúo allí el arranque de la fobia.
El mal del vendedor,
como también se le conoce a la dolencia, no es en sí una aversión contra el teléfono,
más bien es un odio hacia la emisión y recepción de mensajes: una paloma
imaginaria erró una entrega en el Gijón del siglo XIX, las consecuencias fueron
nefasta para un tal García-García, y allí nació un desorden psicológico que se
propagó hasta nuestros días.
El que se crea inmune al síndrome, que lance la primera
llamada. Muchos dejaremos el teléfono sin contestar.
*Sirva esta entrada para justificar futuros desencuentros telefónicos.
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FOBIAS TELEFONO ENFERMEDADES RARAS
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