viernes, 20 de febrero de 2015

Mi gran noche




Qué pasará, qué misterio habrá,
puede ser mi gran noche…
                 

 Mi gran noche, Raphael


Cuando era niño la canción cuyos versos sirven de epígrafe para estas líneas me daba miedo (hoy me sigue dando pero por motivos muy diferentes). Me preguntaba qué vería aquel hombre al amanecer, qué sería aquello que no conocía y que al parecer lo trastornaba tanto. Tratando de desentrañar el misterio me enfrentaba a góticas escenas de puertas cerradas, oscuridad, violines cantores y luego a la voz, la extraña voz de Raphael siempre a un milímetro de la carcajada histérica:

Será, será, esta noche
ideal que ya nunca se olvida.
Podré reír y soñar y
bailar disfrutando la vida...

Cuando los espléndidos metales de la canción llegaban al clímax veía a un hombre araña de traje negro descendiendo de una iglesia adornada por gárgolas travestis. Todavía, de vez en cuando, sueño con una película de dos horas de total silencio y oscuridad, pero que termina con créditos luminosos y con el insuperable fondo musical de Mi gran noche.
         Ningún espectador podría abandonar el cine bajo mejor augurio.


miércoles, 28 de enero de 2015

Premios de la Fundación Cuatro Gatos



Quedé como finalista de los Premios de la Fundación Cuatro Gatos por mi novela “Oki, tripulante de terremotos”. Cada año la fundación premia a lo mejor de la literatura infantil en Ibero América por lo que para mí es muy emocionante estar incluido en esa lista.
            Las historias son pequeños milagros que a veces se logran y a veces no. Como esas tortuguitas que trastabillando intentan llegar al mar. Ya lo dice un torpe autor: “Invéntate una carta astral, un falso horóscopo y no descanses hasta cumplirlo al pie de la letra”.
            Si Oki pudo convertirse en libro y tiene forma y color y 221 páginas y una hermosa portada con bicicleta roja se debe al trabajo de mi querida editora Hinde Pomerianec.  
            Gracias a todos (en especial a ese loco niño japonés que me obligó a contar su historia).

 http://bit.ly/1Eq8nKR



martes, 27 de enero de 2015

Una respuesta para Galder Reguera



Hola, Galder:

Tu texto sobre Ser escritor lleva dándome vueltas en la cabeza desde hace días. Incluso compartí tu experiencia con los chicos de un taller en el que participé la semana pasada.
            Concluimos, más o menos, que un escritor es quien escribe –con todo lo abierta que puede quedar la definición-.
            En tu caso fue tu hijo quien te nombró escritor, en el mío fue mi madre, hace años, cuando yo no había publicado nada y casi todo eran dudas (aún sigo teniéndolas pero disfrazadas de musas extraviadas).
            Creo que eres escritor porque tus palabras provocaron que te imaginara, precisamente, escribiendo; que pudiera verte robándole horas al sueño y a la familia. Y si pude imaginarlo fue porque, como ya lo dijo Oihan, eres un escritor.
            Junto con un buen amigo –con el que comparto las desventuras que nos provoca semana a semana un Almería que juega a 3000 metros sobre el nivel del mar- hemos acuñado una idea para el concepto de futbolista. No todos los jugadores profesionales son futbolistas y existen futbolistas calvos y gordos y de 45 años. Cristiano Ronaldo, por ejemplo, no es futbolista, como tampoco lo son ni Fábregas ni Carlos Vela. Todos los vascos y los uruguayos son futbolistas y también lo son Puyol y Fernando Soriano.
            El futbolista ama el juego y estaría dispuesto a ir a la guerra por salvar al balompié (sinceramente no veo a Cristiano entre los lodos de una trinchera). Supongo que el escritor es aquel que prende una lamparita a altas horas de la noche y después de arropar a su hijo emprende una segunda novela sin haber publicado la primera.

martes, 24 de junio de 2014

DOS DE JULIO DE 2010

Aún no estamos a dos de julio, pero el triunfo de Uruguay me impulsó a compartir con ustedes este texto. Pertenece a "El futbol está en otra parte", un ensayo que escribí para desentrañar lo que para mí significa en futbol.

DOS DE JULIO DE 2010

También desde hace años tengo la idea de escribir un ensayo acerca de lo qué significa irle –como se dice en México- a un equipo de futbol. No creo que sea una idea tan descabellada como la de la novela imposible que pretende contar la prohibición del balompié. Más bien me parece un ejercicio complicado, casi de psicoanálisis, porque siempre que pienso en la estructura de aquel ensayo aparece en el fondo la figura de mi padre.
No descarto, por otro lado, que todas estas anotaciones formen ya parte de ese ensayo. No descarto que mi vida completa, el viaje a Almería, los goles con los que sueño sean en realidad páginas de un ensayo que buscan desentrañar lo que en el fondo significa irle a un equipo de futbol.
Tal vez viajé a Almería a encontrar a mi padre, un tal Carlos Quezadas, fallecido un año antes en la Ciudad de México. Habría sido una gran respuesta para todos aquellos que me preguntaban qué coño iba yo a hacer en Almería:
-Voy a buscar a mi padre.
Seguro a él le habría divertido mucho transfigurarse en almeriense. A fin de cuentas le encantaba usurpar nacionalidades. Sin ir más lejos fue el más uruguayo de los uruguayos cuatro meses exactos antes de su muerte. El dos de julio de 2010, el día de su cumpleaños, se enfrentaron Ghana contra Uruguay en los cuartos de final de la Copa del Mundo de Sudáfrica. Lo invité a comer a La Coyoacana para ver el partido. Había muchos charrúas en el sitio pero ninguno como mi padre.
Fue un partido que se recordará por años. Un claro ejemplo de porqué el Mundial es tan maravilloso y existimos los locos que catalogamos la calidad de un año de acuerdo a la cercanía del evento. Se jugaba el último segundo del tiempo extra. Ghana mandó un centro que se paseó por el área uruguaya sin decidirse a entrar en la portería. Varias veces el balón estuvo a punto de entrar, pero un milagro evitaba la desgracia hasta que un decidido cabezazo de Dominic Adiyiah tomó dirección de gol. Y entonces apareció la figura de Luis Suárez quien metió una mano que evitó la anotación.
Y entonces surgió el problema de ética futbolística más importante de la historia. Nunca antes se había presentando una jugada de esas características en una instancia tan importante.
¿Luis Suárez hizo lo correcto?
¿Ghana fue víctima de ese reglamento bárbaro del que ya hemos hablado?
¿Aquel dos de julio quedó marcado como una fecha vil para el futbol?
Mi respuesta para el primer cuestionamiento es que efectivamente el delantero uruguayo hizo lo correcto. Cometió una falta, es cierto, pero fue juzgado por ella y recibió el castigo que marca el reglamento. A final de cuentas Asamoah Gyan tuvo en sus piernas la posibilidad de anotar un penalti que de haberse transformado en gol no nos tendría, años después, discutiendo la jugada. Sin embargo el balón dio en el travesaño, el árbitro decretó en ese instante el fin de los tiempos suplementarios y aquel partido se decidió en serie de penales. Una Ghana con la moral por los suelos no tuvo los arrestos para afrontar los disparos desde los once pasos y Uruguay calificó a las semifinales de la Copa del Mundo.
Sí, es cierto, los africanos fueron perjudicados por un reglamento cruel que a veces parece redactado por una turba de trogloditas. Pero qué hacer entonces. ¿Tirar penales hasta que la víctima del infortunio logré la anotación que le fue robada? ¿Decretar como gol un balón que jamás rebasó la línea de meta? Me parece que ese coqueteo con la barbarie fomentado por el reglamento es el que hace que el futbol sea algo más que un deporte.
Y no, definitivamente no creo que aquel dos de julio haya quedado marcado como una fecha negra. Me parece que miles, incluso millones de niños que presenciaron el partido quedaron enganchados para siempre al futbol. Experimentaron, supongo, lo que yo sentí en otro julio lejano cuando Harald Schumacher, portero alemán, arrolló al ligero Battiston en una jugada salvaje que no fue marcada ni siquiera como falta. Battiston quedó inconsciente sobre el terreno de juego mientras que el arquero alemán contemplaba la escena con la frialdad de un verdugo. Al final del partido mientras el francés era atendido en un hospital de Sevilla Schumacher detenía el penal que daba a los alemanes la calificación a la final del Mundial de España 1982. Años después, en sus memorias, el guardameta confesó que sólo se dio cuenta de la magnitud de la acción cuando recibió la llamada telefónica de su madre preocupada por la salud del francés: “Ha parecido grave. La falta ha dado muy mala impresión”.
Festejaban los alemanes sobre la cancha mientras el niño que fui miraba desconcertado al televisor en el instante en que, lo recuerdo bien, escuchó las gotas pesadas caer sobre el techo, comenzó un típico torrencial de verano en la Ciudad de México. Veintiocho años después no llovió. Lo sé porque me encontraba en el jardín de una cantina de Coyoacán tratando de contener la emoción de mi padre, uruguayo entonces, que se abalanzaba para abrazar a sus compatriotas que no paraban de celebrar. Aquello era una fiesta.
Después de todo lo único que tengo claro es que en Almería hay una calle que aparece y desaparece a voluntad y que de su nombre el futbol no tiene noticia.

viernes, 7 de junio de 2013

Mañana será un gran día






Amigos almerienses:

Mañana será un gran día. Seguro.
            Durante toda la semana les habrá sucedido igual que a mí: estaban inmersos en sus cosas del día a día y de pronto les llegaba el recuerdo del partido. Un flashazo. Casi un suspiro de la imaginación que les provocaba un ligero temblor y una sonrisa. Después regresaban a lo que estaban haciendo, pero algo había cambiado.
            Una de las gracias del futbol es la de provocar sentimientos inexplicables, lazos irrompibles, complicidades misteriosas.   
            Pienso en Manuel y en Eugenio y en Jesús y en María… y aquí me detengo porque podría seguir enumerando nombres de personas maravillosas por un buen rato. Pienso, pues, en todos ustedes y se me pone la piel chinita al imaginar lo que ahora sentirán.
            Mañana nuestro corazón estará en Villarreal.
           No importa que veamos el partido en un bar cercano a la Puerta Purchena o en una cabañita en el Ajusco: mañana nuestro corazón estará en Villarreal.
            Y al final del partido podremos abrazarnos a la distancia o a la cercanía. No importa cómo, pero nos abrazaremos porque habrá sido una gran jornada para nuestro Almería.
Eso es seguro.

martes, 28 de mayo de 2013

Hoy es un mundo raro


Una breve crónica de lo que viví durante la final América - Cruz Azul


JUEVES

Hoy es un mundo raro.
            Se empieza a jugar la primera final en la que participa el América después de la muerte de mi padre.
            Hoy es un mundo raro porque pase lo que pase, al final de los noventa minutos me va a faltar algo. Dice Nick Hornby que presenciar un gol de último minuto que le dé el campeonato a tu equipo es algo que, si tienes suerte, vivirás una vez en la vida. Yo lo viví. Nosotros lo vivimos. Fue el 26 de mayo de 2002, el gol –en aquel caso de oro- lo anotó el Misionero Castillo y significó el campeonato.
            Los reunidos en la casa, cinco o seis americanistas, nos abrazamos en una piña eufórica en mitad de la sala. Un segundo antes de aquel cabezazo llevábamos trece años sin celebrar un campeonato; cuando el balón tocó la red ya éramos campeones.
El “aún no” contra el “ya está” del que habla Javier Marías en El tiempo indeciso, su cuento sobre goles y tristes novias balcánicas.
            La final no dura 180 minutos. Dura 4 días. Del jueves al domingo imaginando combinaciones, resultados, jugadas. Pero cuando por fin llegue ese “ya está” definitivo no sabré qué hacer. Y no pienso en la derrota porque “ese nunca fue” no entra en la ecuación que ahora me ocupa.
            Llegará el domingo, el árbitro silbará el final o alguien anotará un penal, el América será campeón y no tendré con quién abrazarme. Supongo que sentiré un poco de rabia porque mi padre ya no verá ese campeonato, no será suyo, no tendrá noticia de él.
            ¿Somos campeones después de muertos o tan sólo sombras que se arrastran por Comala?


A esta misma hora mi padre estaría llegando a mi casa. El perro enloquecería de gusto y entre los empellones del animal yo le ofrecería un trago: Presidente con coca, con suerte Terry. Abriríamos un jamón, picaríamos unas aceitunas y después surgiría un silencio incómodo. Las gotas que, mientras escribo estas líneas, caen sobre el techo –siempre la lluvia- nos echarían la mano.
            -Al América le viene mejor la cancha mojada –afirmaría mi padre convencido, y entonces el diálogo comenzaría, poco a poco, a levantar el vuelo.


Hoy es un mundo raro. Tan raro como puede serlo un mundo –un día- que quedará enlatado para siempre. Algunos de nosotros sabremos, en veinte años, qué estábamos haciendo hoy; qué Terrys hijos de puta no alcanzamos a tomarnos; cómo afectó la lluvia el desarrollo del partido; qué pasó en ese futuro que muy rápido se trasformó en después…
            Mejor abrir un jamón, picar una aceituna. Servirme un gin, con suerte Tanqueray.
            Con suerte.


SÁBADO

No hubo suerte. Por lo menos en los primeros noventa minutos de ese anómalo partido de cuatro tiempos. Un descuido en un tiro de esquina se transformó en un gol que no ha dejado de rondar por mi cabeza desde el jueves. A veces me parece una nadería muy fácil de remontar, a veces me parece una cuesta imposible.
            Ayer soñé con un partido en el que el Cruz Azul nos ganaba 4-1. Al final resultó una pesadilla de signo positivo porque por la mañana me sentía muy optimista pensando que si ellos nos habían metido cuatro goles en sueños nosotros, fácilmente, podíamos endilgarles otros cuatro en la realidad.
            Un gol, horrible y sin gracia, que me tortura como la gota del grifo al insomne. Tac, tac, tac, tac… paso de la negación a la duda, de la duda al desánimo y del desánimo al optimismo en ciclos de aproximadamente tres horas de duración.


Hoy ganaron los dos Almerías: nosotros 4-1 al Almagro, en el Ajusco, y los andaluces 3-0 al Alcorcón y de visita.
El Almería de allá se perfila como serio aspirante al ascenso a la Primera División de España –me parece que logrará con cierta facilidad el objetivo-, mientras que nosotros empezamos a levantar. Para hacer más grande la felicidad anoté un gol. Un penal bien cobrado: fuerte, raso, a la derecha del portero.  
No sé cómo interpretar tanta buena suerte. Miedo me da.


DOMINGO AL MEDIODÍA

Hoy es un mundo menos raro que el jueves. Vendrán dos amigos a casa a ver el partido: un cruzazulino y un neutral. Al final, insisto, no sabré qué hacer. No importa cuál sea resultado no sabré que hacer.
Derramar unas cuantas lagrimillas puede ser un buen plan.
Que sean de felicidad (y un poquito de rabia).



CUALQUIER DÍA EN HORA IMPRECISA

Hubo suerte y mucha: América consiguió el campeonato al ganar un partido escrito por un guionista loco, borracho y, lo sospecho, con poco camino recorrido en gestas futboleras.
            Al minuto 13 el América se quedó con 10 jugadores después de la expulsión de Molina por evitar una oportunidad manifiesta de gol. Expulsión injusta ya que Teofilo Gutiérrez, el ofendido, aún se encontraba a 30 metros del arco americanista y con varios defensas en clara posibilidad de frenarle el paso.
            Al minuto 19 Cruz Azul se fue al frente 0-2 en el global  convirtiendo la cuesta iniciada el jueves en un Everest con invierno crudo.
            De allí en adelante el partido cayó en un marasmo narrativo quebrado, solamente, por una grandísima oportunidad de conquistar el tercer gol por parte del binomio Teofilo-Jiménez. Al final el balón pegó dos veces en el mismo poste y yo empecé a creer en milagros.   
            Al minuto 89 Aquivaldo Mosquera puso las cosas 1-2 y le regaló al americanismo tres minutos de esperanza.
            Y entonces llegó el 92:22 y el 92:23 y el 92:24 y justo aquí un centro desesperado que remató, tendiéndose en el aire, Moisés Muñoz, el arquero del América que había recorrido el campo en busca de lo imposible. Gol de portero y tiempos extras en medio de un diluvio.
            Por eso me atreví a sugerir que el guionista de esta historia no era muy avezado en materia futbolística, más bien imagino que se crió en Hollywood, a la sombra de Superbowls de infarto y de Brads Pits que ganan la Serie Mundial en la novena entrada, en cuenta llena y con dos outs. Por que acá, en el futbol, ni los balones suelen rebotar en el poste de manera infinita ni los porteros anotan goles tirándose en plancha. Pero la noche del 26 de mayo del 2013 así sucedieron las cosas. Bendito guionista gringo de la Paramount.
            Durante los tiempos extras parecía que el América jugaba con 13 jugadores y el Cruz Azul con 8. Si no cayó el gol fue por las intervenciones de Jesús Corona, su portero.
            Y entonces llegó la serie de penales: Moisés Muñoz detuvo el primero y Miguel Layún –el jugador que ha soportado la campaña en redes sociales más agresiva de la historia del futbol mexicano- anotó el último. Justicia poética de un guionista que seguía haciendo de las suyas.
            Dice Nick Hornby… bueno ya saben lo que dice el inglés, su cita encabeza estas líneas. Llegó el final y yo, al contrario de lo imaginado, ante aquel nuevo gol que le dio el campeonato a mi equipo en el último instante, sí que supe que hacer: salí a la calle para que me mojara la misma lluvia que caía sobre el Estadio Azteca. Fuera de mí corrí por las calles con la mirada puesta en el cielo, mirando hacia arriba, hacia una luna que no existía, hacia la negrura y la humedad.
Gotitas iluminadas por la luz de los faroles.
Corrí gritando, recordando a mi padre y entonces sin rabia, creo, lo abracé.
           
Seguía siendo hoy, un mundo raro.



jueves, 11 de abril de 2013

La Torre de los Homenajes




 
Descubro que un hombre se lanzó al vacío desde la Torre de los Homenajes y la historia me parece bella.
            No me importan ni los padres ni la novia del suicida. Lo que me importa es su figura de brazos abiertos recortada contra el cielo celeste, siempre celeste, de Montevideo.
            Pienso en Onetti y en mi padre, y supongo entonces que no hay mejor destino para un uruguayo que subir hasta lo más alto y dar un paso al frente. Hacia el vacío.

                                                                                                                                         

miércoles, 3 de abril de 2013

Diego y la piedra


El sábado pasado después de jugar con mi Almería me refugié, junto con algunos compañeros del equipo, en la cabañita en la que solemos ahogar las penas o festejar los triunfos. Desde allí se pueden observar los partidos que completan la jornada, y más allá, parte de la belleza del Ajusco.
Nos acomodamos en la misma terraza de siempre, destapamos algunas cervezas y después procedimos a realizar la autopsia del partido, una nueva derrota, por cierto.
Terminada la sesión de culpas y promesas intenté perderme en la contemplación del paisaje, pero en lugar de futbol o montaña, mi mirada no dejaba de pasar, de manera alternativa, de una pequeña roca al parabrisas de un auto cercano.
Roca, parabrisas
Roca, parabrisas.
Roca, parabrisas.
Roca, parabrisas.
Todos los elementos para organizar un desbarajuste me quedaban convenientemente a mano. Lo extraño era que había estado mil veces en aquella terraza rebosante de piedras volcánicas, con parabrisas a tiro, y jamás había sentido tal necesidad de destrucción.   
Un largo rato estuve luchando conmigo mismo para no cometer una tontería, incluso llegué a sopesar la piedra entre mis manos y hasta esbocé la explicación que le daría al dueño del vidrio roto. En caso de lanzar la piedra no escondería la mano y asumiría el costo de la reparación. Y todo por culpa de una fuerza que era superior a mí.
Destapé una nueva cerveza como quien arroja una moneda al aire: con el último trago decidiría si por fin cometía el crimen o ganaba la prudencia. Juro que durante esos minutos la roca no dejaba de mirarme con ojos de invitación. “Lánzame contra el parabrisas”, me ordenaba, “la recompensa será fabulosa”.
Supongo, por fortuna, que la Victoria tiende a apaciguar los ánimos, el caso es que poco a poco el deseo de estrellar el vidrio fue desapareciendo. La tentación estaba casi apagada cuando se acercó Diego, nuestro defensa central, y con un tono entre la excitación y la alarma me hizo una confesión:
–A veces me entran unas incontrolables ganas de cometer locuras.
Nada dije, pero le di un trago a la cerveza, acto que en sí mismo es una respuesta.  
–Llevo un rato queriendo lanzar el tronco contra el parabrisas –continuó Diego con sus palabras mientras me señalaba hacia un enorme trozo de madera, también a mano, y hacia el mismo automóvil contra el que yo había pensado atentar.
Ya no hubo un nuevo trago de cerveza, se había acabado, pero sí un escalofrío de la misma familia de los producidos por el cercano paso de un fantasma. Cuando me recuperé de la sorpresa le confesé a Diego lo que a mí me acababa de suceder. No pudimos darle una explicación lógica a nuestros impulsos destructores. Insisto: cada semana los jugadores del Almería nos reunimos en ese mismo lugar, frente a muchos autos y con proyectiles a mano y jamás –por lo menos nadie lo ha confesado– nos había pasado por la cabeza destruir vidrios ajenos.
Entonces brindamos por la coincidencia, y aquella cuarta cerveza nos llevó a la conclusión de que lo nuestro no era tan grave si lo comparábamos con el hecho de que alguien, alguna vez, en una playa deslumbrante, mató a un árabe sin venir tampoco a cuento.

lunes, 1 de abril de 2013

El Síndrome de Spielberg y otras dolencias




Una nueva entrega de este blog que nace a partir de un tuit. En este caso de @pavidonavido Luis Téllez, poeta y especialista en literatura infantil.




Antes de continuar quisiera hacer una distinción entre literatura e industria editorial. Son dos conceptos diferentes que se complementan y sobreviven en perfecta simbiosis: no puede existir uno sin el otro.
La literatura la ejercen los escritores y en cierta forma los editores, mientras que la industria editorial es todo aquello que se maneja entre despachos, contratos y términos escabrosos como el precio de venta al público o el representante legal.
          Una vez separados los conceptos puedo responderle a Luis con una reflexión: creo que lo que tendríamos que aprenderle a la industria editorial argentina (y en general a muchas otras industrias como la española, la alemana, la ecuatoriana o la brasileña) es su vocación viajera, su búsqueda por hacer llegar al mayor número de lectores el trabajo de sus escritores.
          Mientras que las industrias que acabo de mencionar son exportadoras, e incluso buscan la traducción de los libros que generan, la mexicana tiende más a la importación.
        Basta darse una vuelta por las librerías especializadas en literatura infantil de la Ciudad de México para encontrar títulos de autores de medio mundo, mientras que es prácticamente imposible hallar un ejemplar de literatura infantil mexicana en una librería de Madrid, por ejemplo.
         SM, Alfaguara y Norma, sellos que publican buena parte la literatura infantil mexicana, son filiales de grupos editoriales extranjeros: las dos primeras son de capital español, mientras que Norma tiene su sede en Colombia. El catálogo de venta de estos sellos en México está integrado tanto por escritores nacionales como extranjeros. Sin embargo son contados los libros mexicanos que, en contraparte, integran el catálogo internacional de aquellas editoriales.
         Un ejemplo puntual de esto último son, por ejemplo, los libros que ganan el Premio Barco de Vapor en su versión mexicana. A pesar de contar con el aval que otorga un premio tan importante son ignorados por las filiales de SM en América Latina y España.
         Sucede entonces que escritores, ilustradores y editores están creando libros mexicanos de calidad que, sin embargo, muy pocos conocen fuera de aquí porque la industria editorial mexicana, esa que se maneja en los despachos mantiene los contratos encerrados en un cajón.

I El Síndrome de Spielberg

Cuando un escritor firma un contrato de edición en México se encuentra con una interminable cascada de páginas y páginas llenas de cláusulas complicadísimas que incluyen apartados sobre traducciones, libros electrónicos, soportes tecnológicos que aún no se han inventado, derechos de imagen, película, serie de televisión, parque de diversiones, qué hacer en caso de que a Spielberg le guste tu novela o cómo gestionar la traducción al marciano moderno. En pocas palabras toda futura y posible negociación queda pertinentemente pactada.
      Por desgracia todo queda en el papel ya que en realidad la editorial no hará el más mínimo esfuerzo para que el libro alcance horizontes más amplios.
          Una vez le pregunté al subdirector de una editorial cuál era el mecanismo de su empresa para intentar traducciones o ventas de derechos de los libros mexicanos en la Feria de Bolonia. Al principio me miró como si le hubiera cuestionado por el sentido de la vida, y cuando por fin comprendió la pregunta me respondió con suficiencia: "nosotros no llevamos sus libros a Bolonia". Sorprendido le pregunté la razón por la que nos hacían firmar contratos tan complicados. Entonces aquel hombre me volvió a lanzar una de sus miraditas, y después me dio una enigmática respuesta: "Para protegernos".

II El hombre de los fierros viejos.

Hace años, cuando comenzaba a escribir, una vez que terminaba un texto procedía a esconderlo en un cajón. No hacía nada por publicarlo. Mi madre, pendiente de aquel extraño gesto, me invitaba a llevarlos a una editorial. Su lógica era aplastante y se sustentaba en el hecho de que era muy difícil que por la calle pasara un hombre gritando con la misma voz que el comprador de fierros viejos: ¡Se publican novelas de jóvenes escritores!
       Tenía razón, no abundan los editores de novelas que van puerta por puerta en la búsqueda del nuevo Harry Potter. Mi madre, eterna ama de casa, sabía, sin embargo, algo que el subdirector de una editorial transnacional ignoraba (o fingía ignorar): el que no enseña no vende.           
      Volvamos al tuit que originó estas reflexiones. Luis Téllez se refiere a los logros de Isol, ganadora del premio Astrid Lindgren 2013, y de María Teresa Andruetto, ganadora del Hans Christian Andersen 2012. Premios muy merecidos, sin duda, y otorgados a obras visibles, no a fantasmas escondidos bajo el peso de catorce mil claúsulas. 

III

Los problemas y retos de la literatura infantil mexicana y su inminente diálogo con el mundo dan para horas y horas de apasionante discusión. El propósito de esta entrada fue únicamente el de tratar de formular una idea más extensa de la que permiten los 140 caracteres del twitter. 
            Es cierto, en México hay mucho que aprender a los argentinos, a los chinos, a los italianos, pero también hay una literatura infantil vital y poderosa que tiene muchas cosas por contarle al mundo.

miércoles, 20 de marzo de 2013

El Síndrome García-García o la imposibilidad de utilizar el teléfono


 


Descubro en mi Time Line el siguiente tuit del escritor Jaime Mesa (@jmesa77):

“Me perturba recibir llamadas telefónicas y más, creo, hacerlas. Ya tengo una de esas fobias raras del siglo XXI?”

Y allí reconozco una de mis manías más representativas: el malestar que me inspira el teléfono.
            Yo tampoco sé qué odio más: si llamar o ser llamado. El caso es que todo lo que tenga que ver con el teléfono me parece repulsivo. Incluso el marcarlo.
            Una de las escenas que más recuerdo de los Sopranos es una en la que Tony descarga su furia contra un trabajador del Bada Bing que no sabe utilizar el aparato. Yo habría corrido la misma suerte que el triste Georgie. 


             

En una novela (inédita como casi todos mis textos para adultos) aventuro un probable origen para ese mal, que he bautizado como el Síndrome García-García. Me remonto a mis ancestros asturianos y su afición por la cría de las palomas mensajeras y sitúo allí el arranque de la fobia.
            El mal del vendedor, como también se le conoce a la dolencia, no es en sí una aversión contra el teléfono, más bien es un odio hacia la emisión y recepción de mensajes: una paloma imaginaria erró una entrega en el Gijón del siglo XIX, las consecuencias fueron nefasta para un tal García-García, y allí nació un desorden psicológico que se propagó hasta nuestros días.
            El que se crea inmune al síndrome, que lance la primera llamada. Muchos dejaremos el teléfono sin contestar.


*Sirva esta entrada para justificar futuros desencuentros telefónicos.
  

martes, 12 de marzo de 2013

Yellowstone o la historia de una mesa o el mensaje del salmón


Para Lucía en Chamberí

Fragmento de algo 

I

Hace años vi por televisión un documental que mostraba el paso de las estaciones en el parque Yellowstone. Empezaba, supongo, en la primavera y presentaba los cambios que iba experimentando el bosque a lo largo del año. Un año resumido en cincuenta y tantos minutos. Las cuatro estaciones con sus flores, sus días cada vez más largos y cada vez más cortos, sus riachuelos y el hibernar de los osos durante los meses fríos. No se porqué aquel documental me trastornó tanto. Lo recuerdo con la emoción con que se evocan las obras que nos cambian la vida. Si me hicieran la acostumbrada preguntita del equipaje que me llevaría a la isla desierta es seguro que pediría que el documental del parque me acompañara en la aventura. Tal vez lo que se quiera contar sea la historia de un año en Yellowstone, narrada desde los ojos de un salmón que a contracorriente recorre el río Snake. 

II

La última imagen la tengo clara. Sucedió (o sucederá) un tres de noviembre bajo una llovizna melancólica. Me gustaría escribir que en realidad no llovió, que aquel fue un tres de noviembre inusual en el que un eclipse equivocado iluminó la noche de Madrid y que por lo tanto no hubo necesidad de encender el alumbrado público y que además por Recoletos podías caminar en mangas de camisa. Pero no, la lluvia era gris y fría, lugar común de todas las lluvias de todas las despedidas que se dan en Recoletos un tres de noviembre cerca de las once de la noche. La imagen la tengo clara: Javier Tort, calado con un sombrero negro, se pierde calle arriba. Hacia rumbos que desconozco porque yo no vivo en está ciudad y todo lo que queda más allá de mi vista es más territorio de ficción que una realidad concreta de edificios y líneas de metro. Javier Tort se pierde calle arriba, como un salmón sobre las aguas del río Snake, y yo no sé si algún día voy a verle de nuevo. Ese es el final de la historia. 



¿Continuará?

viernes, 30 de marzo de 2012

De nuevo Axolotl

Lo he contado mil veces, pero nadie me lo cree, la anécdota del cuento “Axolotl”* de Julio Cortázar, esta basada en un hecho real: por casualidad un hombre visita un acuario y se queda contemplando los ajolotes expuestos en una pecera. De este primer encuentro surge una extraña fijación que concluirá cuando el personaje, subyugado por una misteriosa fuerza, acabe convertido en un ajolote más.
Evidentemente que no fue Julio Cortázar el que quedó preso en un húmedo estanque del Jardin des Plantes de París; la historia del hombre anfibio es originaria de Barcelona. La fecha: agosto de 1953.
Incluso en “La estatua del jardín botánico”, canción de Radio Futura, se presenta otra versión de la triste historia de Sergi López-Font, en ella se menciona que el personaje, “extraviado entre el lenguaje de las plantas y el recorrido de los peces en el agua”, es incapaz de tomar una (oculta) determinación. También aparecen un enigma, un eclipse y al final Sergi queda convertido en una estatua. Pero dejémonos de interpretaciones artísticas y conozcamos la realidad como fue, gracias al relato de un testigo que vivió muy de cerca los acontecimientos:

“Sergi era un perdedor más. Estaba enfermo, cansado y nada parecía importarle. Llevaba ya varios días sumido en una profunda depresión. Aquella tarde de agosto, tal vez el día 17 o 18, llegó como siempre al acuario. Al pasar frente a una fuente infestada de toda clase de bichos sintió el deseo de volarse la cabeza; así que de una bolsa de la gabardina sacó una pistola, se arrodilló frente a su reflejo y en el momento en que estaba a punto de jalar el gatillo, una pareja de ajolotes decidió aparearse justo frente a él. El espectáculo fue grandioso y a López-Font no le quedó más opción que contemplar aquella breve demostración de lujuria. Estaba inmóvil y vivo, a merced de sus pequeños salvadores. Después de un rato tiró la pistola al estanque, pero el daño estaba hecho: una bala invisible, con forma de ajolote, le había atravesado la razón. Luego llegamos nosotros y lo condujimos a la comisaría. A los pocos días recobró su libertad, para ir a perderla de nuevo al jardín botánico, pasó algunos meses enlodado entre los ajolotes y una madrugada de enero apareció verde, desnudo y sin vida en el fondo del estanque”.

Todo esto lo sé muy bien porque mi abuelo era el guardián que “sonreía perplejo” en el cuento de Cortázar. Me contó esta misma historia, un domingo sí, y un domingo no, durante los primeros años de mi vida, los años que pase junto a él.





*En el siguiente link se puede leer el cuento de Cortázar:

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/cortazar/axolotl.htm

lunes, 26 de marzo de 2012

Antonio Vega y una anónima chica de ayer

Ayer crucé algunos tuits con @balapodrida comentando lo tristes que eran las canciones de Antonio Vega y de allí pasé al recuerdo de su muerte en la primavera del 2009. Hace ya casi tres años.
Nunca olvidaré que fue en primavera porque en los comentarios que hacían los lectores de El País, en la nota que anunciaba la muerte de Antonio, me encontré un texto que llevaba implícita la presencia de una primavera madura. De días que se hacían cada vez más largos.
Copié el comentario pero no el nombre de la autora.
Tengo la esperanza de encontrarla un día para agradecerle la belleza de su texto:

“Volabas ya hacia el infinito mientras yo, ignorante de todo, disfrutaba del mar de Cádiz al que vine arrastrando penas. A estas horas no me queda más que dedicarte mis lágrimas y esta puesta de sol que muchas veces adorné con tus canciones. Gracias por lo que me diste y lo que me dejas. Fui y soy una de esas chicas de ayer a las que dejas tremendamente solas. La adolescencia feliz hoy está más lejos que nunca...”

Lo dicho: todo lo que Antonio tocó alguna vez lo tiñó de melancolía.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Las mesitas de Olavide

Fragmento de "Yellowstone", texto que aún no se sabe si será tweet, cuento o novela. Falta saber lo que opina el salmón.


Para Lucía, en Chamberí.


Un día de marzo, martes quizá, el encargado de uno de los bares de la Plaza Olavide notará que hay frío pero también hay sol, que hoy no lloverá, que probablemente no vaya a llover en toda la semana. Ya veremos si el sábado o el domingo, pero hoy no llueve, eso es seguro.
¿Montamos la terraza?, le preguntará a Manuel, el mesero, quien no contestará con palabras sino con un gesto que quiere decir Qué más da, si llueve la quitamos.
Y entonces las cuatro mesitas que conforman la terraza del bar estarán colocadas sobre la plaza. Sin sombrillas porque tampoco es cosa de exagerar. Y antes del medio día dos de las mesas ya habrán sido ocupadas por parroquianos que ya van necesitando que el sol les caliente un poco la espalda.
Un hombre y una mujer. Él, un ingeniero que ha pedido un expreso doble y que escribe unas cuentas sobre los márgenes de una página del periódico. Ella, una madre que empuja una carreola vacía. Puede que acabe de dejar a su hija en la escuela, puede, también, que la hija no exista.
-¿Qué le sirvo?
-Un café con leche.
Y cuando el mesero regresa la mujer le pide que se lleve el café, que se lo cobre si es necesario, que no hay problema y que mejor le traiga un gin tonic.
Ni el ingeniero ni la mujer del carrito sabrán jamás que apenas ayer esas mesas estaban guardadas en una bodega ni que son los primeros clientes de la temporada de terrazas. Javier Tort sí que lo sabría porque gracias a mi recurrente inquietud se mantenía al pendiente de la aparición de las mesitas.
Nunca fue él quién aviso, sin embargo nunca pasaron más de dos minutos entre mi pregunta y su respuesta. Dos minutos en los que sería imposible bajar de su piso en Santa Feliciana hasta la plaza, descubrir, si era marzo la primera de las mesitas, si era noviembre una ausencia, y regresar para informarme sobre su investigación, para decirme que en efecto, las cosas habían cambiado, y confirmarme con esa noticia que había llegado la hora de comenzar a moldearme una aguda melancolía.

martes, 20 de marzo de 2012

Botella al mar desde Insurgentes


Un temblor de 7.9 grados en la escala de Richter que borraría del mapa una nación del centro de Asia, o que provocaría una ola que arrasaría con cientos de poblados en la costa de Japón, para nosotros, los mexicanos, no pasa de ser un susto que en cinco minutos se transforma en chiste.
Se me ponchó una llanta me dijo el taxista y yo no entendí muy bien lo que me decía porque estaba distraído mirando el kiosco morisco de Santa María la Ribera. Me voy a orillar, anunció y al virar un poco el vehículo los dos comprendimos que no era la llanta sino un temblor.
Para nosotros es un temblor, para el mundo un terremoto.
Cuando el movimiento terminó el taxi continuó su marcha por las calles de la colonia. El conductor y yo nos distraíamos mirando montoncitos de personas afuera de los edificios. Al avanzar por Dr. Atl un auto nos sorprendió en sentido contrario y aquello me pareció una mala señal. Me recordó cuando en 1985 el eje central, por ejemplo, se convirtió en una avenida de ida y vuelta o como en Tlalpan sólo se podía circular por uno de los dos sentidos (supongo que por el que va de norte a sur porque el otro, el que corre hacia el centro de la ciudad estaría bloqueado por los derrumbes a la altura de San Antonio Abad).
No me gustó para nada ver ese auto circulando en contra de nosotros. Tampoco me gustó ni el sonido de las sirenas de ambulancia (muchas sirenas, de verdad) ni una motocicleta de la policía desplazándose a toda velocidad por el carril del metrobús.
Bajé del taxi e intenté llamar a Ana pero el teléfono estaba muerto. Saqué el Ipod, botella al mar, sin ninguna esperanza de encontrar una red disponible y nada más dar dos pasos sobre la calle en la pantalla del aparato aparecieron las tres onditas de la conexión. Entré a Twitter y lancé al mundo un absurdo “Estoy bien”. Como si me encontrara en una isla desierta, como si mi nave hubiera caído en un planeta desconocido.
“Estoy bien” leí en mi TL y sentí un alivio: los aviones de reconocimiento no tardarían en llegar por mí. Levanté la vista y descubrí que me encontraba en Insurgentes y Puente de Alvarado. Aquello no era el fin del mundo.
En mi TL comenzaron a aparecer tweets tranquilizadores que anunciaban que “ellos”, muchos a quienes yo no conocía, se encontraban a salvo. No había derrumbes, no había muertos y por esta vez la habíamos librado. También llegaron hasta mi isla botellas al mar que acusaban haber recibido mi absurdo “Estoy bien”: @aykrmela desde Barcelona, @ivalhuna desde Uruguay, @nooee_21 desde Almería y @ladyprovolone desde Guadalajara se alegraban de mi estado.
En el otro lado del mundo ya estaban enterados de que un terremoto había sacudido a la Ciudad de México y que yo, que no soy más que un avatar con un grafitti de Pessoa de fondo, estaba bien.
A pesar del mal augurio del auto a contramano al final no pasó gran cosa, por lo menos no la gran cosa que sobreviene después de un terremoto de 7.9 grados. Llegué a la casa y Ana me abrazó y el perro se mostró más contento que de costumbre y en la Ciudad de México supimos que hoy no fue y que ojala nunca sea.

miércoles, 14 de marzo de 2012

París era un síndrome

En “Nada que temer”, un ensayo sobre la muerte, Julian Barnes escribe acerca del síndrome de Stendhal, una dolencia que produce en quienes la padecen nauseas, vértigo, desmayos e incluso, en casos complicados, alucinaciones.
Stendhal describió su experiencia en el libro “Roma, Nápoles y Florencia” aparecido en 1817, pero no fue hasta 1979 cuando la psiquiatra italiana Graziella Magherini se ocupó de una enfermedad de la que se tenían más de cien casos registrados.
También se le conoce como síndrome de Florencia, y según las autoridades de aquella ciudad hay más riesgo de sufrirlo frente a los frescos de Giotto expuestos en la capilla Niccolini de Santa Cruz, al contemplar al “David” de Miguel Ángel y dentro de los Uffizi.
No le creí a Barnes, y al buscar información sobre aquella enfermedad descubrí otras ramificaciones de ese río de dolencias extrañas. También hay un síndrome de París que ataca a japoneses que llegan buscando una ciudad llena de Amelies y se encuentran con una realidad plagada de groseros Depardieus con prisa y mal humor. La embajada japonesa tiene abierta una línea telefónica de 24 horas para que los ciudadanos contagiados por el mal reciban ayuda psicológica.
Sin embargo la dolencia más pintoresca que encontré es el llamado síndrome de Jerusalén. Esta enfermedad ataca a turista y habitantes de la ciudad por igual, y se caracteriza por convertir al afectado en un personaje de la Biblia. Los judíos imitan a figuras del Antiguo Testamento mientras que los católicos encuentran sus modelos en el Nuevo Testamento. No se dan muchos casos entre musulmanes.
Soy hipocondríaco y siempre acabo por experimentar los síntomas de las enfermedades que pasan a mi lado. Ahora, por ejemplo, comienzo a sentir en mí la presencia de otro. Creo que el impertinente borrachín que exigió a Cristo transformar el agua en vino se está apoderando de mi alma. En el fondo no me parece un mal plan.

domingo, 11 de marzo de 2012

Trescientos metros más allá del Guernica de Picasso


Según mis cálculos debe de haber unos trescientos metros de distancia entre el Guernica de Picasso, expuesto en el Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, y el punto de la Estación de Atocha en donde explotó la primera de las bombas de los atentados terroristas del 11 de marzo.
Trescientos cincuenta metros a lo mucho.
Un estruendo como el de esta primera bomba asesina, puede escucharse más allá de un kilómetro, por lo que si los personajes que habitan el cuadro de Picasso pueden oír, es seguro que entonces habrán percibido el estallido.
Lo habrán escuchado ya dos veces, la primera en 1937 y ahora de nuevo en el 2004.
Trescientos cincuenta metros y sesenta y siete años de distancia, y sin embargo, el caballo que se encuentra al centro de la pintura sigue lanzando relinchos de dolor, y un hombre, desde el suelo, se sigue preguntando el porqué de aquel bombardeo, el porqué de todos los estúpidos bombardeos de la historia.
Tome usted la fotografía de Pablo Torres Guerrero aparecida en la portada de El País en la edición del 12 de marzo, colóquela junto a una reproducción del Guernica y comience la comparación: verá, casi en la idéntica posición del cuadro, es decir en el extremo izquierdo, a una persona que entre los brazos sostiene un cuerpo inerte; también será testigo de los muertos que yacen en el suelo, y de que en el lado derecho de ambas representaciones el cadáver de un hombre fue sorprendido en plena rutina de dormir o de ir a la escuela (lo primero en el cuadro, lo segundo en la foto) por el fuego que unos cobardes lanzaron contra su inocencia.
No voy (ni quiero) entrar aquí en el color de las bombas. La violencia es siempre una y es lamentable.
Lo cierto es que los atentados del 11 de marzo en Madrid; o los que se vienen cometiendo en Bagdad desde hace más de un año por soldados estadounidenses fueron matanzas profetizadas por millones de personas que salieron a las calles a decir NO A LA GUERRA, pero hubo quien no quiso hacer caso a la amenaza.
Como tampoco han querido hacer caso de los atentados que se acercan y que habrán de cobrar más víctimas inocentes como la del joven madrileño que no despertará de la cabeceada en el tren; como la del calvo habitante de Guernica que porta una inútil espada rota; como la de tantos iraquíes cuyas historias no habremos de conocer jamás.
Los fanáticos siguen sembrando el odio en nombre de la verdad absoluta y Sharon asesina a los líderes de Hamas y a quién se cruce por allí; y un misil acaba con una boda en Afganistán y Bush y su corte de iluminados pasan tranquilos el fin de semana en una casa de campo; mientras un caballo y un toro en blanco y negro quisieran abandonar una pintura que se exhibe en el segundo piso de un hermoso museo de Madrid para no escuchar nunca más el estruendo de las bombas por llegar.

martes, 20 de diciembre de 2011

Cuando el futbol sonríe



El domingo pasado el delantero sueco del Almería Henok Goitom anotó un gol bellísimo. Uno de esos goles imposibles con los que sueña todo aquel que ha pateado un balón.

A Goitom le bastaron unas milésimas de segundo para inventarse un prodigio. Con unos cuantos movimientos fue capaz de crear un instante fugaz y eterno al mismo tiempo. Por actos semejantes, hace miles de años, nació el germen de la literatura: alguien fue a conquistar tierras y se encontró con un guerrero de la estirpe de Goitom y a su regreso habló de gigantes poderosos e invencibles; de hombres que volaban y tenían poder sobre los objetos.

Ayer, apenas, en un texto de Juan Cruz encontré una exacta definición del futbol del Barcelona: “Juegan como si estuvieran soñando”. Pues eso: Henok Goitom soñó que anotaba un golazo y por fortuna muchos almerienses participábamos de aquel sueño.

Que nadie venga a despertarnos.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Una guerra contra ti mismo.

A continuación un texto sobre la hipocondría. Incluído en "Geografía de lugares imposibles", novela de próxima aparición.


La hipocondría es un estado de guerra contra ti mismo. La mía es una hipocondría que rebasa cuestiones de salud y se instala sobre los asuntos más variados. Estoy convencido de que todo acabará resultando de la peor manera: el avión se estrellará, la varita de incienso saldrá defectuosa, sobre la computadora caerá el virus más letal de la historia.
Así es ahora, a mis veintitantos años, y así ha sido desde que tengo memoria: la muerte, el fracaso, la enfermedad han acompañado todos mis proyectos. Salvada una desgracia aparece otra aún más grande. Como les sucede a esos caminantes que al conquistar, la que creen que es la última loma de su recorrido, se encuentran en la cima con una nueva serie de elevaciones.
Seguro que después de resuelto el asunto del cáncer de mi padre un nuevo temor a largo plazo de instaló sobre mí. Han pasado muchos años y no puedo recordar qué fue lo que llenó de sombras mis madrugadas. Quizá la inminencia de una tragedia global o la posibilidad de que una enfermedad, más dolorosa y oscura que un cáncer, cayera sobre mí.
Y al final del día no importa que haya logrado sortear las desgracias porque mi hipocondría es tan hija de puta que cuando todo marcha bien disfruta al recordarme que esos peligros salvados no dejan de ser afluentes de la muerte, un río voraz e irrevocable. Así que no importa que yo y los míos nos libremos de diez mil cánceres; no importa ni el sonido ni el silencio; no importa que llegara a dominar el poder de concentrarme tanto que en lugar de regresar el tiempo unos segundos pudiera volver hasta el vientre de mi madre y esperar allí nueve y otros nueve y otros nueve meses en la paz de la humedad.
Al final tendría que salir y la muerte estaría allí, acechando con su garra de gato atigrado o cachorro de tigre, esperando por mí.

viernes, 25 de noviembre de 2011

La ciudad de las latas

Yo sé muy poco acerca de las oscuridades de Bilbao. Conozco dos y muy de paso: la oscuridad húmeda del silencio y la oscuridad que antecede a la muerte, e incluso puede ser que mi inexperiencia relativa a las tinieblas bilbaínas esté mezclando una sobre la otra.
Llegué a Bilbao una lluviosa tarde de otoño con la consigna de conocer el estadio San Mamés y el museo Guggenheim. Nada más salir de la estación de autobuses me topé con el estadio. Es blanco y sucio. Rodeado, en sus pisos superiores, por un horripilante barandal rojo. La estructura del coloso viene a ser una mezcla de escuela primaria de gobierno y de lata de galletas gigante. San Mamés pertenece a la estirpe de edificios cuya belleza está más allá de sus dotes arquitectónicas. La belleza de San Mamés reside en su voz. Aquella fría tarde el estadio callaba, era viernes, y sin embargo ese silencio era suficiente para llenar de melancolía el entorno.
Mientras le daba la vuelta al estadio luchaba contra un viento y una lluvia que a toda costa buscaban desfondar mi paraguas. El silencio contribuía a mi tristeza, se iba apoderando de mí una grave soledad.
(si el silencio de San Mamés me producía aquellos sentimientos no quiero ni imaginar lo que sucede cuando San Mámes habla, cuando San Mamés grita, cuando en una tarde de domingo de la Catedral surge la voz)
Llegué a una taquilla que anunciaba que se podía acceder al estadio de cuatro a siete de la tarde. Eran las tres. La lluvia y los extraños horarios me empujaron a buscar refugio en el Guggenheim. Ahora sé que podría haber realizado el recorrido a pie sin embargo un policía me sugirió que debía tomar el metro. “Saliendo de la estación Móyua te encuentras de frente con el museo”, me dijo. Tardé un rato en orientarme para saber qué rumbo tomar dentro del metro. Las redes de metro que yo conozco son precisamente eso: redes que se entrecruzan como si fueran las venas y arterias de una ciudad. El metro de Bilbao es diferente. No sé si son dos líneas que corren casi de manera paralela, no sé si en verdad es una red que no se deja ver por culpa de alguna oscuridad bilbaína de la que lo desconozco todo.

San Mamés
Indautxu
Móyua

Tres tristes paradas y entonces salí a la plaza que le da nombre a la estación y me encontré con un jardín que es cruzado por cuatro grandes avenidas. Es decir, ocho posibles caminos le fueron ofrecidos a mis pasos… y del Guggenheim ni su rastro. Decidí tomar por Iparraguirre hacia el norte como podía haberme decidido por cualquiera de las otras siete opciones que me ofrecía la brújula Móyua. Nada más dar los primeros pasos me di cuenta que la oscuridad húmeda del silencio, incubada en mí por obra y desgracia del mutismo de San Mamés, comenzaba a hacer estragos en mi espíritu. Me encontraba completamente aislado. Desconocía el rumbo que debía tomar y sin embargo no quería preguntarle a nadie, no podía preguntarle a nadie. Llegaría al museo por mis propios medios así tuviera que regresar sobre mis pasos y recorrer cada una de las otras siete opciones. De la Plaza Móyua al infinito.
La providencia quiso que llegara al Guggenheim. Otra lata. Muchas varias latas superpuestas en un diálogo magnífico. Recipientes de metal que engordan de adentro hacia fuera. Ligeramente abollados. Envases a punto de estallar. Cerca de la base y también en la punta de su grandioso desbarajuste el museo Guggenheim tiene sendas paredes de vidrio que casi nadie nota.
Pagué mi entrada y entré al museo.
Una instalación de luces azules y negras me sedujo igual que hacen las lámparas con las palomilla. No me quedó más que iniciar mi recorrido por allí. Installation for Bilbao. Jenny Holzer. 1997. Anunciaba una gran placa. Prohibido tomar video o fotos se pedía a su vez en un letrero que yo decidí ignorar. Las tres fotos que tomé, y que revisé estratégicamente escondido detrás de una columna, no le hacían justicia a la obra. El video sin embargo lograba captar, aunque de manera minúscula, el sentido de la instalación. Puedo decir, con temor a equivocarme, que Installation for Bilbao es una fuga de luz escapando de varias tuberías o un letrero de aeropuerto enloquecido. A mi espíritu de palomilla le costó mucho esfuerzo decidirse a salir de aquella luminiscencia. Algo sospecharía porque fue en ese instante cuando me envolvió la oscuridad que antecede a la muerte. Me envolvió bajo el disfraz de una lacerante opresión en el pecho. Opresión que desembocaba en la barbilla en un inobjetable síntoma de infarto.
Regresé a la columna que antes me había servido de escondite, coloqué mi mano sobre ella a manera de apoyo y esperé a que el espasmo cediera un poco. Habría matado por tener a mano una aspirina. El público concentrado en los mensajes de Jenny Holzer ignoraba mi sufrimiento.
Por fortuna después de uno o dos minutos la opresión disminuyó pero empapado ya de la oscuridad comencé a tomar las peores decisiones. En lugar de de dirigirme a la enfermería opté por subir a un elevador. Lo hice en compañía de una madre y una hija que desde sus setenta años combinados ignoraban que su compañero de ascensión era un joven mexicano al que le estaba dando un infarto. Todo es disimulable, hasta el inicio de una muerte.
Nada más dar los primeros pasos en la segunda planta del Guggenheim y el dolor regresó con mayor fuerza. Cualquiera habría intentado pedir ayuda pero yo no quería hablar con nadie, no podía hablar con nadie. Estaba atrapado en medio de la inexplicable oscuridad. Por los ventanales superiores, casi un techo, se deslizaba una lluvia indiferente de la soledad que me había atrapado. Un infarto para alguien menor de cuarenta años es mortal y yo tenía treinta y ocho. Recuerdo otro letrero: "Todas las historias del arte" y después una flecha verde señalando la dirección en la que se encontraba esa colección de nombre tan absurdo. Todas las historias del arte, todas absolutamente. Aquello me pareció, a pesar de mi situación, un despropósito y sin embargo obedecí a la flecha.
Entré en una nueva sala y frente a una niña de cuello isabelino se intensificó la opresión. Como si a la fuerza hubieran introducido un costal de piedras en mi tórax. Pensé en Ana, tan lejos y tan ajena de mi soledad y de mi muerte. Como pude llegué a una larga banca de madera, de ésas que sirven para detenerse a contemplar un cuadro al detalle, y traté de sentarme
(lo mismo hubiera sido que me dejara caer así sin más o que me hubiera ido deslizando poco a poco por un pared)
pero acabé en el suelo.
Las cámaras de seguridad del museo dan fe de que sufrí un par de desvanecimientos más. El primero frente a un cuadro de Tiziano, el segundo al tratar de abrir, inexplicablemente, una puerta de servicio. Qué importa si fueron tres caídas o un millón. De cualquier manera a partir del cuello isabelino yo no recuerdo más.
Los médicos del Hospital Civil de Basurto me dicen que estuve al borde de la muerte. Confirmaron lo que ya sabía acerca de un infarto a mi edad. Se habló, incluso, de que hubo unos cuantos segundos, por fortuna ya en la ambulancia, en que estuve clínica u oficialmente muerto. No retengo el adverbio exacto y en cualquier caso no importa. Yo cerré los ojos ante un Velázquez y los abrí dos días después ante Almudena, la enfermera de guardia.
-¿Vio la luz?
-¿Cuál luz?
-No importa.